martes, 29 de abril de 2014

Planetas

Mientras tanto, vos y yo cantamos una canción inventada por el Sol que es la envidia de todos los planetas.

martes, 7 de febrero de 2012

Migas

Sacudo manteles como quien se sacude los años, mirando para el costado como buscando un cómplice que se escondió detrás de alguna palabra que no encuentro.
Esto no es mío, ni tuyo; creo que esto ni siquiera es de las personas que algún día quisimos ser. Es más, hasta me animo a asegurar que esta historia se escapó de otro cuento y alguien debe estar buscándola. Mientras tanto no malgastemos, nunca jamás nos calzó mejor tanta cursilería después de todo.

jueves, 7 de abril de 2011

Pisado

No hubo una vez nada. Ni brujas, ni hadas, ni abracadabras. Absolutamente nada.
En este cuento (si es que se le puede llamar así a esto) ni corrió el rumor de fantasía.
O sí. No lo recuerdo.
Los muros de papel dijeron cosas que las personas callaron. Y así nos fue.
Hablando de callar, te vas una y otra vez.
Innecesario y antiguo sentimiento.

¿Está en tus planes existir?

lunes, 4 de abril de 2011

Mi ayer de hoy

Fantaseo con cuadernos de hojas amarillas y con la letra de mis mejores épocas. Fantaseo con leerme y encontrarme escondida detrás de un poema que no hable de vos. Mejor que no hable más nadie porque ya no escucho lo que alguien quiere decir.
Me amenazan con ser importantes. Jamás le tuve miedo a los platónicos, para amenazas ya me tengo a mí misma. Así que gracias, pero no. Me quedo en Abril toda la vida.

martes, 29 de marzo de 2011

Parece que había burbujas en el aire. Ni cuenta me dí. Como siempre, nunca.
Inmensa necesidad de ser el mar, el viento o algo que se le parezca a la libertad. No me vengan con alas porque ya las tengo. Me falta cielo, me sobra envión.
Quiero hacerme grito y bostezar en un lugar donde mi ausencia no le duela. Me. Tu.
Tan básico como ridículo. Tan mío que me duele regalárselo a las palabras. Extraordinariamente algo. Más.
No hablo de amor. Apenas hablo de lo que conozco.

domingo, 20 de febrero de 2011

Capricho literario

Se supone que si uno está en el trabajo, trabaja.

Pues no es mi caso, o no lo es la mayor parte del tiempo que paso acá. Y ya estoy aburrida, me aburro muy fácil a veces. Mientras vuelvo loca a la gente con mi lapicera que golpea con todo lo que tengo a mano, pienso… y soy conciente de lo poderosamente pesada que me vuelvo cuando estoy aburrida.

Afuera llueve apocalípticamente (o al menos así parece desde donde estoy yo), y la gente en estas circunstancias decide quedarse en su casa en lugar de venir a comprarme algo; y las personas que ya estaban acá no se pueden ir por la lluvia… pero los que están acá no me sirven porque son todos los que antes no me compraron nada.

Así fue que decidí ponerme a escribir. Pero tuve mi primer obstáculo: ¿dónde escribo? Tengo que buscar un papel que no sirva… papel que no sirva…mmm… ni siquiera tengo alguno que sí sirva para volverlo inservible… mis ganas de escribir se potencian frente a mi absurdo obstáculo y entonces decido comprarme a mi misma un alfajor.
Listo, me compré mi alfajor e hice caso al cartel que en algunos lugares dice “¡Alto! No se vaya sin su factura.” Fecha: 6 de Marzo 2007; cantidad 1; descripción Alfajor bañado en chocolate; total: $1,40. Arranco mi factura del facturero y comienzo a escribir al dorso de la misma. Una vez solucionado mi primer obstáculo, aparece rápidamente el segundo. Carajo ¿es q no puedo escribir tranquila? Aunque este resulta ser un poco más poderoso que el primero… y la pregunta es ¿y ahora sobre qué/quién escribo? Podría terminar de ocupar el poco espacio en blanco (y de oro) que queda del dorso de mi factura de compra expresando mis más sinceras felicitaciones a alguien que acaba de enviarme el siguiente sms: “Aprobé el escrito! Mañana oral 8:30 no caigo!” pero lo interesante quedaría flotando fuera de este papel, aún cuando ya estoy haciendo mi letra muy chiquita y cada renglón se inclina cada vez más hacia arriba.

Pero la cuestión es que ya no puedo hacer más nada, sólo queda espacio para quedarme con una duda que supongo me va a entretener lo que queda de la tarde: No tengo idea sobre qué/quién quería escribir.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La primera vez que voté

El escrito que sigue a continuación relata aquello que me sucedió la primera vez que voté. Lejos de sentirme orgullosa de esta anécdota, sólo tengo cara para decir:
“Carajo. Qué difícil es ser yo”.

Ha sucedido algo importante: hubo elecciones. Pero ese no va a ser el eje central de esto que escribo; lo trascendente de la cuestión es que ¡yo voté! Así es, mi primer voto obligatorio aunque para nada secreto ya es una realidad.
Me fui decidida hasta el cuello a votar en blanco, ansiosa por descubrir los misterios del cuarto oscuro e intrigada por saber si la presidenta de mesa pronunciaría bien mi apellido al nombrarme. Digo esto último ya que “Zarazaga” suele provocar interesantes muecas, tartamudeos y confusión por parte de aquél que lo lee por primera vez. Guardo en mi memoria una extensa lista de profesores del secundario a los que pronunciar en forma correcta mi apellido les resultaba casi imposible. Lo primero que decían era Zaragoza, después intentaban adivinar con un Zaragaza, y hasta hubo una vez en la que a alguien se le escapó un Zarlanga. Entenderán ahora mi intriga de más arriba; moría por ver a cuánta imaginación recurriría mi presidenta de mesa al leer mi apellido.
Ingresé al colegio y me encontré con el caos que más detesto: colas y colas de gente hablando a los gritos sin escucharse los unos a los otros. Entré en pánico y frené a la única persona que parecía de este mundo en aquel infierno de locos. Le dije: “soy nueva en esto, es la primera vez que voto y no entiendo nada de nada”. La mujer me regaló su mejor mirada de lástima al principio y de ternura más tarde, y me preguntó cuál era mi apellido - “Zarazaga, con zeta” – contesté. Sonrió enérgica y me preguntó lo que me preguntan siempre en estos casos - ¡Ay! ¿qué sos de Jorge? – . – Ni idea – respondí. -¿Quién es tu papá? – insistió, - Gustavo – repliqué ya con cara de le pongamos fin al tema apellidos y decime a dónde tengo que ir. Como adivinando mi pensamiento, la señora me dijo que me dirigiera a la mesa 1094, al final de todo el pasillo del último patio. “Final” y “último” son palabras a las que estamos acostumbrados los Zarazaga, pero igual no puedo quitarme el hábito de maldecir la situación. Fui al patio indicado y, en efecto, al último de todo estaba mi mesa. Maldije de nuevo mi suerte y me dispuse a esperar con la mejor cara que tenía. Mis inútiles esfuerzos por ponerle una sonrisa al trámite más aburrido del mundo se esfumaron al ver que hacía 20 minutos que había llegado y la cola no había avanzado en absoluto. No obstante, hubo un espectáculo que me entretuvo en ese tiempo de exasperante espera. Una señora de por lo menos 50 años, vestida como una de 20, llegó al lugar con sus gafas de sol del tamaño enorme de su ego; se acercó a la mesa 1093 y gritó glamorosa:- “Yo no voy a hacer la cola” - . La miramos todas creyendo que se trataba de una joda. La presidenta de mesa le preguntó casi riendo por qué no haría la cola, a lo que la diva respondió: - “porque es muy lento todo. Yo me siento acá – dijo acercando una silla al lugar donde estaba la presidenta - y ustedes me avisan cuando pueda entrar” -. Menos mal que esto no ocurrió en mi mesa porque juro que esa misma tarde salía en los diarios. Lo peor de todo es que este personaje efectivamente no sólo no hizo la cola y le cedieron el turno, sino que además entró, votó y una vez que salió se volvió a sentar.
Luego de semejante circo mi humor había mejorado, pero la velocidad en que la cola avanzaba amenazaba con hacerme gruñir de nuevo. Entonces ocurrió. Una mujer de mi mesa, muy considerada ella, se encerró 30 minutos en el cuarto oscuro. Juro que me pregunté qué tan divertido podía llegar a ser el famoso cuarto como para quedarse media hora adentro. Las demás y yo en la cola, ya violetas de la bronca, protestamos por la demora de esta turra. Entonces la presidenta de mesa se levantó y le golpeó la puerta a la señora, y ésta, como si nada, rompió el silencio diciendo del otro lado “¿si?”. Me indigné. Ya me quería ir, ya me importaba un carajo si el cuarto era realmente oscuro o si sólo era una forma de decir. La mujer demoró 10 minutos más y salió con cara de heroína. Le dediqué mi mirada más violenta y dije en voz accidentalmente alta algo que no creo conveniente transcribir acá. Una anciana que estaba adelante mío se volvió para mirarme, y yo estaba segura que se venía un “la boca, nena”, pero lo único que hizo fue aprobar mi insulto asintiendo con la cabeza.
Minutos después de que la simpática mujer saliera, entraron las de la mesa a revisar todo y demoraron otros 10 minutos más.
Todavía había 3 personas delante mío y yo no había ni almorzado. Mi humor sufrió nuevamente una mutación negativa.
Por fin llegó mi turno y pronunciaron bien mi apellido, pero no había tiempo para felicitar a la presidenta de mesa por semejante logro.
Triunfante ingresé al cuarto y se me quemaron los papeles en el acto: demasiadas caras y nombres en el gran abanico de bancos frente a mí, diferían a lo que había sido previamente en mi imaginación, lo que me llevó a hacer algo insólito: comencé a buscar la boleta en blanco. Sí, quise votar en blanco con una boleta blanca que no existe. En pleno delirio, creí que se habían acabado y que podría llegar a tratarse de una estrategia para que uno votara sí o sí. Me aturdí por completo, no podía demorarme porque si lo hacía, las leonas de afuera me comían viva. Así fue que agarré la cara del primer funcionario que encontré y metí toda la boleta arrugada dentro del sobre.
Salí furiosa por no haber podido votar en blanco y cometí el error de comentar a mi familia y amigos mi travesía de principiante en el cuarto oscuro.
Es por eso que exijo se coloquen boletas blancas en los cuartos oscuros para que los principiantes no sufran lo que yo, ya que nunca se sabe qué puede pasar por la mente de una persona que vota por primera vez, en estas circunstancias o en cualquier otra, he dicho.

martes, 25 de enero de 2011

Es lo mismo

Escena: Papá Gustavo yendo al supermercado. Mamá Popita desde el sillón grita:

Popita: "Gordoo, comprame un power point!!!"

Gustavo (desconcertado): ¿Un qué gordita?

Popita (súper convencida): Un power point!!

Gustavo (frunciendo el seño y perdiendo la paciencia): No, no entiendo gordita...

Popita (indignada): Esoooo que es para los calaaaambrees...

Gustavo: Un Powerade gordita??

Popita: Eso, eso.




Es lo más.

domingo, 23 de enero de 2011

Multa a la muerte (Y que venga la Maphia)

La ventaja de leer noticias de este tipo mientras uno desayuna, es la de obtener la gran y muy oportuna dosis de humor matutina que a todos nos hace falta para empezar el día. Cuando quieran hacerlo, los invito a que visiten el sitio de Infobae en cuyo pié de página se encuentra la eterna sección bizarra del diario, la cual me ha llevado a calificar dicho periódico como el menos serio a mi humilde entender; no sólo por su aburrida táctica de colocar titulares extravagantes para atraer un sinfín de lectores (quienes ni bien leen la noticia completa caen en la cuenta de que ésta no tiene mucho que ver con lo que decía el titular) sino porque además la redacción es desastrosa. Parece que los redactores escriben las notas creyendo que su teclado tiene una bomba de tiempo o algo así, ya que no sólo existen vergonzosos errores de ortografía sino que además los signos de puntuación parecen no tener un papel demasiado importante en el diario. Pero en fin, entiendo que no soy experta en el asunto, pero sí como lectora me gustaría poder leer una noticia sin tener que fruncir el ceño cada dos palabras mal escritas.
Dicho todo esto, llegamos a la conclusión de lo boluda que soy al seguir leyendo Infobae. Pero es como les dije al principio: para mí es como leer tiras cómicas.
Hace unos dos años casi me atraganto con mi desayuno a causa de la “noticia” de turno. El dato proviene de Sarpourenx, un pueblito de Francia de 260 habitantes. Sin dudas el alcalde de dicho pueblo sabe perfectamente qué hacer ante una situación de crisis; al parecer al señorito le basta con imponer una ley que le salve el pescuezo y problema resuelto, aún cuando su determinación sea tan ridícula e inverosímil que bien podría ser utilizada como material para un libro y de los buenos (quizás Saramago se la veía venir).
En el cementerio del pueblo en cuestión ya no queda lugar para más tumbas (semejante enunciado me provoca escalofríos ¿son 260 personas y ya no quedan tumbas?). La situación llegó a tal límite que el alcalde, a modo del clásico “pido gancho” en el juego del “viejito”, decidió nada más y nada menos que ilegalizar las muertes. Así es, si te morís en Sarpourenx no te das una idea del bardo judicial que les dejas a tus seres queridos.
El mismísimo alcalde se defendía de las futuras carcajadas que provocaría su determinación diciendo: “puede resultarles gracioso, pero este es un problema serio”. A ver, Sr. Alcalde, claro que el problema es muy serio… el tema es que hay que salir con resoluciones serias para que a nosotros no nos resulte gracioso, porque de otra forma deberíamos golpearlo por ignorante. No puede pretender seriedad cuando a su ley de “a no morirse” le falta el cartelito de “hasta nuevo aviso” (léase hasta que alguien con capacidad e inteligencia tome las riendas del asunto).
Qué más quisieran los 260 habitantes de Sarpourenx que se haga realidad la ficción de Saramago, que de repente todos dejen de morir y al incompetente que tienen de alcalde lo sustituya la mismísima maphia. Pero hasta entonces los franceses viven la idea de la muerte con una preocupación extra; los pobres ya no pueden ni morirse tranquilos.

Qué genial sería que al día siguiente de haber ilegalizado la muerte, al alcalde se le acerque su asistente y le diga: “Sr. Alcalde, no murió nadie”
¿No?

Mi amigo Fran, en mi otro blog donde también publiqué esto, me comentó lo siguiente y no quise dejar de transcribirlo acá:
"Jodido el tema, espinoso…
Pregunto: ¿qué pasa si una catástrofe natural asola el poblado, y mueren las 260 personas? ¿Quién cobra la multa? ¿Quién mete a quién en el calabozo?
Otra: ¿Y si alguien está de paseo y se muere? O peor, ¿si un habitante de dicho pueblito se muere en lontananza?
Tercero: ¿Qué pasará con aquellos que “mueran de amor”? ¿O los clásicos “muertos de frio”? ¿Y si veo una peli que me hace morirme de miedo? Todos esos casos, ¿son delitos menores?
Por último: ¿Qué hacemos con los condenados a muerte? ¿Los matamos nada más o también les cobramos la multa?"

sábado, 20 de febrero de 2010

Ramona escribe (2da parte)

Carajo. Cada vez que decido continuar con esta carta a no sé quién (que de hecho estoy comenzando a creer que algún día alguien se llamará así y mi carta finalmente tendrá destinatario) el pesado de Osvaldo, a quién todavía no se le ha cumplido el deseo, intenta visitarme, aún con el cartel que puse en la puerta que discrimina a la gente negativa (idea de Tita). El primer intento que implementamos para evitar los monólogos de Osvaldo fue el de colocar una nota en el timbre que decía “no funciona”, pero este ser desgastante tomó como medida eficaz llamarme por teléfono antes de visitarme, para que yo esté atenta a su llegada y pueda abrirle la puerta. Al ver que esto no estaba funcionando, comenzamos con Tita el rumor de que yo había quedado sorda, y esto pareció ser lo que me estaba faltando porque Osvaldo se compadeció tanto con mi “condición” que no paró de gritar que ya estamos viejos. He aquí los resultados: estoy sin teléfono, ya nadie me visita porque creen que estoy sorda y mi puerta le anuncia al mundo que no tengo paciencia con la gente. Y todo por Osvaldo. Creo que hubo una sola vez en que vino a mi casa de buen humor. Fue el día en que todos volvimos a la normalidad luego de duras y extensas jornadas de anormalidad a causa de la tormenta más catastrófica que sufrió nuestra ciudad. Sus consecuencias fueron desastrosas, y estuvimos al borde de la depresión colectiva. No habían desaparecido nuestras casas, tampoco nuestros vehículos, sino que, según lo anunciaban en primera plana del diario “Primera Plana”, el cuadro era aún más alarmante: “La ciudad se quedó sin palabras”, decían.
No sabíamos dónde estaban. Los poetas, que culpaban neciamente al loro Bartolo que pobrecito era tartamudo, querían abandonar la ciudad. Imaginen lo desolador que hubiera sido este lugar sin ellos.
Yo, en un primer momento, reaccioné con incredulidad. Me costaba trabajo creer que no había más palabras mientras que las personas que estaban a mi alrededor seguían usándolas en conjuntos de diez a quince por cada frase de lamento frente a la terrible situación. Así fue que decidí exponer mi postura incrédula para disminuir el pánico de los exagerados; pero en lugar de conseguirlo alguien me aclaró que quedaban unas pocas a causa de los prolongados silencios que se generaban en los fríos inviernos de la ciudad. Y ahí fue cuando exploté en ira, ya que la gente con sus quejas estaba desperdiciando las últimas palabras que nos quedaban.
Debo admitir que esta desgracia tuvo su costado bueno: Osvaldo estaba tan horrorizado que quedó anonadado y mudo hasta el día en que todo se solucionó.
Recuerdo que nuestra carta al presidente no resolvió el problema; pero por suerte las ciudades vecinas colaboraron bastante, sobretodo la ciudad de Bla Bla que según nos informaron estaba habitada de gente muy callada y que, indudablemente, tenía una buena reserva de palabras para esta clase de emergencias.
Otra misteriosa desaparición a causa de la tormenta fue la de los boomerangs. Se comenta que sufrieron una crisis existencial por su destino nómade, sentenciados a pertenecer y no, condenados a ese “ir y venir del carajo” que bien describe Gabo, el jardinero de Tita. Lo que no se sabe aún es si los boomerangs han escogido ir o volver. Porque así como se van, así también están volviendo. Nunca lo supimos.
La crisis de las palabras ya llevaba exactamente 78 horas de existencia, cuando Osvaldo entró a mi casa sin golpear, gritando que lo acompañara a la plaza porque había ocurrido el milagro más emocionante de la historia de la ciudad. El primero en enterarse fue el loro Bartolo, y demoró treinta y dos minutos en avisarnos que ya todo había terminado. Impávidos por la misteriosa solución que no terminábamos de conocer, le preguntamos al loro dónde encontrar información oficial del final del desastre, pero Bartolo estaba exhausto después del informe y sólo alcanzó a señalarnos con su pico sudado la casa más antigua de la ciudad. Allí nos dirigimos todos, eufóricos e intrigados, y caímos en la cuenta de que el milagro tenía nombres, y eran Simona y Joaquín, la única pareja compuesta por las dos personas verdaderamente viejitas de la ciudad. Incrédulos, los miramos tratando de hallar alguna pista reflejada en el rostro arrugado de los centenarios cuerpos que teníamos en frente, y con un gesto de extraña lucidez comenzaron a destapar el velo de la intriga colectiva que nos mantenía temblando de desconcierto y emoción en la puerta de su casa.
Ella, con sus 154 años, nos reveló que, sin darse cuenta, ahorraron palabras durante ciento dos años de su vida. Nosotros, atónitos, les preguntamos cómo fue posible que hicieran tal cosa sin saber que lo estaban haciendo. Ellos, sabios y viejos ancianos, nos respondieron con el más puro y último suspiro de sus vidas: “Porque nos amamos tanto que las palabras siempre sobraron.” Y yo, con una mano tapando mi boca que intentaba en realidad tapar mi conmoción, miré al hombre que tenía a mi lado y sin pensarlo dos veces le dije: - A ver Osvaldo si aprendes algo de esa revelación ¿no? -.

viernes, 19 de febrero de 2010

Ramona escribe

Y llegué a los 90. Quién diría… fumando de la forma en que fumé durante 4 años de mi vida, pensé que no iba a tener oportunidad de escribir estas líneas. Aún con el peso de mis años reflejado en mis manos, puedo hoy darle rienda suelta a las palabras que quiero plasmar en esta carta a no sé quién, la cual no va a tener un final ya que todavía me quedan, por lo menos, 10 años más de vida.
Cierto es que vengo disfrutando mi estadía en el mundo, pero debo confesar (a no sé quién) que creería que ya no tengo mucho más por hacer. Digo, mis huesos ya tienen la misma fuerza que un fideo y ya no tengo el valor de ponerlos a prueba; la última vez que intenté hacerme la elástica casi quedo elástica de por vida, imagino que 10 años sin poder moverme debe ser agotador.
Sin poder contar con el calcio suficiente como para sentirme libre de hacer lo que se me antoje, me quedan actividades poco entretenidas. Una de ellas, por no decir la peor, es la de recibir la visita de Osvaldo. No tengo nada en contra suyo, pero me rompe soberanamente eso que no tengo el hecho de que Osvaldo odie ser viejo; bueno, así le llama él a su condición… tiene 92 años, cualquiera diría que nunca fue joven. Y sus comentarios giran en torno a sus constantes deseos de abandonar este mundo. No quiero ser cruel, pero cada noche me pregunto si faltará mucho para que a Osvaldo se le cumpla el deseo. No lo tomen a mal, no sé, quizás yo pueda ayudar…
En fin, para no dejar con intrigas a ese nadie que está leyendo mi carta, aquella vez en la que casi me rompo la cadera fue en una de estas visitas de Osvaldo. No estaba de humor yo ese día, por lo que en el momento en el que él tocó el timbre decidí intentar esconderme dentro del ropero. Claro que mis curvas ya no son lo que eran hace 5 años, y se me pasó ese cálculo en el que mi ropero ya es más angosto que mi cuerpo. Y sí, los 90 no vienen solos… “son los nuevos 80” decía la Tita, claro que en sus 121 años nunca dijo algo menos acertado (de haber sido cierto le habría abierto la puerta a Osvaldo). Ella fue quién me incitó a escribir esto, aunque me sugirió que lo haga de una manera un poco más formal, algo así como “las memorias de”, pero decidí hacerlo a mi modo ya que, al fin y al cabo, no tengo la menor idea de quién pueda llegar a ser tan desafortunado de encontrar la carta de una joven de 90 años que habla de la vida.
Pues bien estimada persona, seas quien seas, sugiero que no te pierdas la parte en la que hablo de ellos, porque ahí sí que se pone interesante. Pero ya va a haber tiempo para escribirte sobre esto. Primero lo primero, y ahora le toca el turno al punto y aparte.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Mi primer cliente molesto

El que haya sido alguna vez en su vida vendedor o lo sea ahora, sabe del INFIERNO que es toparse con el típico cliente molesto.
Quisiera poder adjuntar a este escrito una foto de algo muy desagradable, para así ilustrar a los que me lean el panorama del cual voy a hablar en los próximos renglones. Pero bueno, me voy a limitar a las palabras.
Sucedió en un prestigioso local de ropa en el cual yo estaba trabajando desde hacía muy poquito tiempo, además estaba a prueba por tres meses, y esa condición me llevaba a pasar momentos muy agradables (léanse las últimas tres palabras con ironía)
Ahí estaba yo siguiendo las órdenes que mi jefe me había dado antes de que semejante personaje ingresara al salón. De repente, se me acerca uno de mis compañeros a contarme que la pesadilla estaba a punto de comenzar: había escuchado que Samuel (vamos a preservar la intimidad de mi ex jefe, por las dudas) al recibir al mismísimo demonio (un cliente fijo del lugar donde yo trabajaba) le dijo que YO lo iba a atender. Sí, yo estaba a prueba pero… semejante castigo me parecía exagerado. Mi compañero me dijo mirándome con cara de “pobre vos” que me vistiera con la mejor sonrisa y que me preparara para el ser más prepotente del mundo…
Y así fue. El tipo cubierto de pulseras y collares de oro al estilo Eminem divisó mi rostro a lo lejos y se refirió a mí como “chiquita” haciéndome señas de que ya estaba perdiendo su tiempo. Caminando a pasos cortos y rápidos (lo cual detesto hacer) fui y me paré a su lado rogando que el circo terminara lo antes posible.
Satán se paró al frente del sector de zapatillas y emprendió el listado de modelos que quería medirse. En total fueron 5 los pares que le llamaron la atención y los quería en el número 9. Me disfracé de correcaminos y bajé las escaleras que me llevaban al depósito a una velocidad que no detectó los escalones, lo cual podría haber sido un peligro… pero seguramente mucho menor del que podría haber resultado mi tardanza en volver.
Una vez en el depósito, comencé con tic tacs de fondo mi búsqueda desesperada por los modelos en 9. Estaban todos en 10, en 9 no quedaba ni uno… obvio, la catástrofe tenía que ser completa. Pensé que subir con los pares en 10 sería mucho mejor que subir sin nada, (esto, claro, sin contar el tiempo que estuve pensando cómo explicarle que lo que él deseaba no iba a obtenerlo). Subí y lo vi mirando su reloj, como contando los minutos que yo estaba tardando. Hermosa sensación. Le expliqué, con una sonrisa que ya tapaba por completo el resto de mi rostro, que no quedaban talles 9. – ¡Ah no! ¡No te puedo creer chiquita! ¿Cómo no van a quedar? - . “¡¿No me escuchaste pedazo de tarado?! ¡No hay más en 9! ¡Vas a tener que vestir tu espantoso pié con otro modelo que si esté en 9!”. Qué ganas de decirle eso y mucho más pero aquello no convenía estando a prueba… así fue que en lugar de eso respondí: - Le pido mil disculpas, de todas formas puede medirse el 10, uno nunca sabe… - Y me di cuenta de lo boluda que puedo llegar a ser cuando me pongo nerviosa ¿uno nunca sabe? ¿Quién se lleva un número que le queda grande? En fin, el tipo se midió el 10 que resultó ser un 8… es que claro, mi suerte tenía el día libre. Pronuncié mi trigésimo quinto perdón haciendo sapito por las escaleras. Lo que sucedió es que, un par de días atrás, el depósito del local se había inundado costó mucho tiempo organizarlo nuevamente, y yo me había olvidado de que las cajas de las zapatillas estaban mal acomodadas y que muchas veces no coincidían el número del calzado que figuraba en la caja con el que estaba dentro de ella. Semejante desorden demandaba mucho tiempo y concentración, y ambas cosas escaseaban en mi situación. Una vez que recordé lo de las cajas, comenzaron a aparecer todos los modelos que buscaba en número 9 y yo me convertí en una persona feliz, con miedo todavía… pero feliz al fin. Al regresar ya comencé a notar los escalones y mi sonrisa era real. Quise contagiar mi alegría a Lucifer, pero resultó otra pérdida de tiempo. Se midió todos los pares, se paró y caminó unos 4 minutos mirándose por todos los espejos del salón, se sentó de nuevo y me dijo: - No. Traeme este en 10 que el 9 es chico - . Muchos adjetivos calificativos cruzaron mi mente en ese instante, pero no había tiempo. Volví con el maldito 10, hizo el mismo teatro de los espejos y se discutía a sí mismo cuál de los dos modelos que más le gustaban se llevaría, entonces me preguntó: - ¿Cuál te gusta a vos? - , al ser las dos horribles atiné a contestar que la beige, a lo que contestó: - ¡No! ¡Ya tengo una beige! - . Era tan estúpido que se disputaba entre dos zapatillas de las cuales una ya tenía. – Entonces la blanca – dije con tono de por Dios a ver si te vas de una vez. - Si, si. Me llevo la blanca - dijo. En ese momento sonaban trompetas de triunfo en mi cabeza. Me dijo que las llevaba puestas y que pusiera en la caja las zapatillas con las que había venido.
Lo acompañé a la caja para que abonara, y la cajera me dijo: - Coti… le sacaste los sensores de seguridad a las zapatillas del señor ¿no? -… Estaba clarísimo que no había hecho tal cosa y tuve que pensar seriamente la manera de decirle al anticristo que por favor se descalzara en caja, para así poder sacarle los malditos censores a sus zapatillas nuevas, de manera que cuando salga del local no suenen las alarmas y los guardias no se lo lleven (lo cual significaría mi despido inmediato). Para mi absoluta sorpresa, el salame pudo reproducir un sonido bastante similar al de la risa y se tomó mi distracción con mucho humor. Se sacó las zapatillas, quité los censores y ya estaba a un paso de culminar la venta más fastidiosa de mi vida de vendedora, cuando de repente lo escuché decir...
- Bueno, muchísimas gracias, te agradezco muchísimo tu amabilidad, sos muy agradable, muy agradable de verdad, muy bien atendido me voy, te regalo mi 2x1 para el cine”… No me resulta muy fácil describir mi cara de desconcierto al descubrir que este personaje contaba con este tipo de frases en su repertorio. ¿Satanás me estaba agradeciendo? ¿Después de lo inútil que me mostré?. Es increíble, nunca me imaginé que se fuera diciéndome gracias, ¡en realidad nunca me imaginé que por fin se fuera! Pero bueno, el ángel de las tinieblas se llevó por suerte las zapatillas más caras. Aunque yo no cobraba comisión por las ventas, esto ayudaba cuando a fin de mes mis jefes revisaban cuánto y qué vendían los empleados.
Final feliz en la jornada laboral más eterna de mi vida, no obstante les deseo a todos que pocas veces sean víctimas de semejante animal…quisiera decir nunca, pero esta especie no se extingue.

martes, 16 de febrero de 2010

Qué pasó con eso de... servicio al cliente?

Mi amiga: hola si qué tal, voy a llevar un alfajor…. *observa detenidamente el sector donde se encuentran los alfajores*

Mi quiosquero: Aha… *indignado lo que tiene que esperar la decisión de mi amiga*

Mi amiga: no sé bien cuál jaja… *ríe nerviosa*

Mi quiosquero *ya sin paciencia*: Mirá, por qué no elegís alguno de los que están ahí así no perdemos tiempo ni vos ni yo


Me mudé 14 veces ya, y siempre, pero siempre me tocan quiosqueros mala onda en el barrio.

viernes, 12 de febrero de 2010

¿Y qué se sueña a la siesta?

Coincido con Isabel Allende en que no existe nada más aburrido que escuchar los sueños ajenos. Y es que claro, uno mientras los cuenta tiende a reproducirlos nuevamente en la imaginación (lo cual provoca el doble de euforia) y tiene la certeza absoluta de que le fue conferido el poder de instalar al pobre oyente en ese mundo delirante, aquel en el que se desarrolló el sueño en cuestión. Pues nos enteremos de una vez de que esto no es así. Es terriblemente aburrido escuchar los sueños de los demás.
Probablemente lo que sigue a continuación les resulte tortuosamente aburrido, pero para eso existe el libre albedrío. Son libres de continuar leyendo mi mundo favorito (el de los sueños, claro) o de seguir con lo que sea que estaban haciendo. Saben que no me ofendo.
En esta categoría voy a relatar aquellos sueños que sean recurrentes o que me hayan dejado obsesionada. Mis sueños no son normales, de esto me di cuenta hace tiempo. Es por ello que cuando me levanto anoto en un papel las palabras clave para después escribir en un cuaderno el sueño completo así no olvido ningún detalle, ya que muchas veces me dan ideas para escribir historias.
Bien. Cada vez que decido contar uno de mis sueños cinematográficos intento posicionarme en el lugar del espectador, porque de otra forma todo esto no tiene sentido ni gracia ni nada. La pregunta que siempre me hago es ¿y qué les importa a los demás lo que yo haya soñado? Y la respuesta también es la misma cada vez: un carajo. Sin embargo acá estoy, con una introducción innecesaria que intenta demorar mi salto en paracaídas hacia la paciencia de todos ustedes. Pasemos entonces a mi sueño de la aldea (escenario que se repite una y otra vez en mis sueños). A continuación transcribo textualmente lo que está escrito en mi cuaderno de los sueños.

"En la aldea es día de feria. Una gran cantidad de personas adornan el verde paisaje con sus puestitos artesanales, ofreciendo diversas curiosidades a los aldeanos que paseamos con gestos de asombro.
El tiempo histórico debe ser aquel en el que todavía no existían las ciudades ni los jeans, ya que todos nos conocemos y además vestimos raro.
Yo estoy mirando con alucinación un reloj de pared de tela verde con dibujos de tortugas rojas expuesto en el puesto de una dama negra muy simpática, quien se encuentra felicitando a un señor que se le acaba de acercar para contarle a los gritos que ha heredado una gran suma de dinero. Este señor trae su fortuna en las manos para que la gente le crea. A los pocos minutos, se acercan al puesto dos hombres que me generan desconfianza, y comienza a desesperarme la absoluta seguridad de que van a robarle el dinero al hombrecito. Así es que resuelvo arrebatarle a éste el manojo de billetes con la intención de salvarlo de un asalto inminente, y una vez que lo hago salgo corriendo heroica. Mi comportamiento despierta más preguntas que aplausos, y yo no hago más que aclarar que no me estaba robando nada, sino que estaba evitando que el señor sea asaltado. Pero nadie parece creerme, por lo que deciden someterme a juicio allí mismo. Retiran los puestos de la feria y me ubican en el centro del campo frente a unas treinta personas sentadas en sus sillas para juzgarme; entre ellas puedo divisar el rostro serio y frío de un hombre que conozco y lo odio por estar ahí.
Finalmente me sentencian a no sé muy bien qué, pero al parecer se trata de algo muy injusto ya que yo me rehúso a cumplir mi condena alegando con todas mis fuerzas que yo sólo intenté proteger al maldito señor. Al pronunciar esas palabras, todos comienzan a mirarme sorprendidos por haber puesto en duda la sentencia del jurado e inmediatamente después abandonan sus asientos y empiezan a correr asustados hacia sus respectivas casas. Puedo verme a mí misma observando el accionar de los aldeanos sin comprender su alteración, y al mismo tiempo comienzan a sonar campanadas fúnebres. Luego de unos segundos de plena confusión, logro recordar todo. En la aldea, las campanadas significan el tiempo de vida que le queda a un acusado luego de discutir con un jurado. La edad de esta persona determina la cantidad de campanadas que sonarán en total, y el acusado debe estar fuera de la aldea para siempre antes del último campanazo, ya que de lo contrario sucede algo muy malo (no pude alcanzar a saber qué).
Al recordar ésta política, comienzo a correr desaforada y totalmente ajena a la cantidad de campanazos que me quedan. Mis piernas quedan paralizadas (sí, yo también esperaba algo más original de mi inconciente) y entonces me dejo caer rendida a una muerte segura. Al sentir que voy a morir, comienzo a mirar para los costados y escucho “la voz de la naturaleza” (sí, sí) diciéndome que me levante así me puede ayudar. Así lo hice y se desató un viento furioso, seguido por un mar violento que se formó exclusivamente para que yo nade rápido hasta el próximo pueblo. Estoy nadando, por fortuna nado muy bien, aunque me sigue faltando mucho para salir de la aldea. De repente pasa por mi lado el mismo hombre que descubrí en el juicio, quien tiene el poder de caminar sobre el agua. Histérica y asombrada le pido por favor que me ayude, pero él sólo alcanza a mirarme de reojo para decirme de mala gana: despertate.
Obediente como soy, me desperté. Permanecí nerviosa durante un par de minutos, y lo único que me llamaba fuertemente la atención era la participación de este hombrecito en mi sueño, la cual puedo resumir diciendo que sólo apareció para juzgarme al principio y para abandonarme al final. Y es que a veces mi inconciente confunde los sueños con la realidad."

¡Perdón si quedó largo! ¿El título? Ni idea, empecé así el escrito y ahí quedó. Mis disculpas por haber pecado de Infobae.

Mi lugar en el mundo... vamos?

Nashville Music Events, News and History

miércoles, 10 de febrero de 2010

Qué pasó con eso de... servicio al cliente?

Técnico de Direct TV: (No muy contento con su trabajo) "A ver dígame qué problema tiene"

Mi padre: "Bueno, esta boca parece que no está activada, no vemos nada en este tele, habría que configurarlo"

Técnico de Direct TV: (Resoplando) "Eso no es un problema mío..."



Estoy plenamente intrigada... problema de quién vendría a ser entonces?

viernes, 27 de noviembre de 2009

Felipe y Ramona: Felicidad

- Y ahora que sos feliz Ramona, ¿sobre qué vas a escribir?

- ¿Acaso tengo que contarte a vos sobre lo que escribo o dejo de escribir? Haceme el favor de salir del texto, Felipe. Estás arruinando el aspecto de felicidad que quiero darle

- Es que no te sale escribir sobre la felicidad, nunca supiste, nunca pudiste. Eso sí, ¡cuando estás triste escribís hasta en la ducha!

- No digas pavadas, querés? ¿Cómo no voy a poder? Y que sea la última vez que me espiás cuando me ducho.

- Fue una forma de decir, Ramona.

- Sí, vos y tus formas me tienen podrida, Felipe. Se me gastan las palabras peleando con vos.

- Yo no quería pelear, sólo te pregunté sobre qué ibas a escribir ahora que sos feliz.

- Me tenés harta, Felipe. A veces tengo ganas de irme a algún lado en el que no te hayan escrito

- No estaría nada mal, Ramona. Al menos así vas a tener sobre qué escribir.

martes, 24 de noviembre de 2009

viernes, 20 de noviembre de 2009

Cuando lloran los techos

Deprimido de tanto escuchar a las paredes haciendo eco de aquel triste final, viendo reflejada en las ventanas la última mirada helada de su amor agonizante, el techo comienza a llorar junto con el día. Y ella, que fue de noche desde el momento en que él cerró la puerta, aún no consigue llover. Y se mojan la alfombra y la risa del destino mal educado, que visita sin llamar antes y no da tiempo de limpiar angustias pasadas por agua sucia de ayer.

Su techo se deprimió, ebrio de dolor ajeno, no cesa de llorar agua que no le pertenece. Ya quisiera ella agrietarse de esa forma y llorar aunque sea en blanco y negro, y no en ese silencio azul. Por eso su techo le presta la lluvia que le prestan, porque sabe que esa voz polvorienta está por toda la casa trabando puertas y ventanas, para que su grito no se confunda con el viento helado de las penas de los vecinos que poco saben de techos solidarios.

Estas lágrimas que no son suyas, destiñen esas líneas rojas y amarillas que algunas noches simulan un cuerpo, las cuales deberían desaparecer en un fondo de escaleras, así ella sube y se mimetiza con su techo nostálgico y hace el intento de olvidarlo desde arriba. O desde donde sea, pero no desde este lugar nefasto en donde él todavía desata tormentas.

Es cuando lloran los techos que ella se da cuenta de que son las 3 de la mañana, y que éste es su horario preferido para extrañar, si es que acaso los techos tienen horarios… Los tengan o no, son siempre puntuales, porque llueven cada vez que el aire se le seca de dolor.