viernes 20 de noviembre de 2009

Cuando lloran los techos

Deprimido de tanto escuchar a las paredes haciendo eco de aquel triste final, viendo reflejada en las ventanas la última mirada helada de su amor agonizante, el techo comienza a llorar junto con el día. Y ella, que fue de noche desde el momento en que él cerró la puerta, aún no consigue llover. Y se mojan la alfombra y la risa del destino mal educado, que visita sin llamar antes y no da tiempo de limpiar angustias pasadas por agua sucia de ayer.

Su techo se deprimió, ebrio de dolor ajeno, no cesa de llorar agua que no le pertenece. Ya quisiera ella agrietarse de esa forma y llorar aunque sea en blanco y negro, y no en ese silencio azul. Por eso su techo le presta la lluvia que le prestan, porque sabe que esa voz polvorienta está por toda la casa trabando puertas y ventanas, para que su grito no se confunda con el viento helado de las penas de los vecinos que poco saben de techos solidarios.

Estas lágrimas que no son suyas, destiñen esas líneas rojas y amarillas que algunas noches simulan un cuerpo, las cuales deberían desaparecer en un fondo de escaleras, así ella sube y se mimetiza con su techo nostálgico y hace el intento de olvidarlo desde arriba. O desde donde sea, pero no desde este lugar nefasto en donde él todavía desata tormentas.

Es cuando lloran los techos que ella se da cuenta de que son las 3 de la mañana, y que éste es su horario preferido para extrañar, si es que acaso los techos tienen horarios… Los tengan o no, son siempre puntuales, porque llueven cada vez que el aire se le seca de dolor.

jueves 19 de noviembre de 2009

ilusión

“En este momento, hay un hombre dando vueltas por ahí pensando que una mujer como vos no existe”
Esto supo decirme una vez mi papá, una tarde de tristezas importantes. Los padres sí que saben qué decir cuando a una se le esfumó la esperanza.
Hoy, buscando dentro mío algo que me hiciera sentir aunque sea un poquito mejor, me encontré con las palabras de papá Gustavo. Fruncí el ceño y sacudí la cabeza incrédula, para después sorprenderme con una sonrisa que duró apenas unos segundos, pero que bastó para que nacieran estas ganas de que, de ser cierto lo que dice mi padre, ese hombre exista alguna vez conmigo.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Humor negro

Ayúdenme a descifrar el humor negro de algunos argentinos, en este caso cordobeses, porque quizás sea yo la que no tiene sentido del humor para estas cosas (cabe aclarar que soy de esas personas que se ríen de todo, o sea que descarto el asunto del sentido del humor)

Hace ya un buen tiempo yo trabajaba en una concesionaria de autos como secretaria. Fue, hasta ahora, el único trabajo en el que me tuve que disfrazar de mujer normal todos los días (esto implicaba no poder usar mis medias de colores ya que le quitaban seriedad a mi sobrio traje negro de secretaria común y corriente). Además de vestirme como un ser aparentemente sin problemas mentales, debía dirigirme con impecables palabras a los clientes. Pero, por más que me esmeré en no ser yo misma, finalmente sucedió lo que estaba tardando en suceder. Un señor me pidió que buscara a mi jefe y yo, con cara de secretaria del mes, le dije: “Cómo no ¿me aguanta un toque?”. Tras descubrirme “tuteando pero no” a este cliente, comprendí que podría haber sido el fin de mi disfraz, pero ¿por suerte? no fue así. Continué trabajando varios días más (mi estadía en esta clase de trabajos se reduce a días, es algo que ya conozco de mi misma). Hasta que me pasó lo que nunca me había pasado en los 21 años que llevaba respirando.

Estaba yo sentada en mi escritorio serio, con mis papeles serios y mi concentración en que un llamado muy importante que debía hacer a las 17:30 no debía sufrir sobresaltos (entiéndase por esto que no podía permitirme ningún tipo de escape a mi mundo, ése en el que soy yo misma y me olvido de las cosas). Dado que faltaba casi media hora para hacerlo, opté por lo que me pareció más efectivo que mi memoria; agarré mi celular y lo programé para que a las 17:30 me avisara que tenía que hacer el bendito llamado. Una vez hecho esto, levanto la vista y diviso a dos hombres que se acercaban al salón a esperar a que mi jefe despachara a otro cliente para ser atendidos. Por alguna razón que desconozco, me intranquilizó bastante tenerlos ahí y las expresiones de sus rostros me revolvían el estómago; sobretodo porque uno de los dos no me sacaba su espantosa mirada de encima, esas miradas que no me gustan porque esconden algo. Mi cabeza no tardó en desatar la mejor producción de Hollywood de los últimos tiempos, en la que se desarrollaba un clarísimo asalto a mano armada. Claro que no alcancé a escribir el final porque mi terrorífica imaginación se vio interrumpida por mi jefe desocupándose del otro cliente y dirigiéndose a ellos dos. Cuando los vi hablando a los tres decidí que tenía dos posibilidades: encerrarme en el baño era una de ellas, la más riesgosa si realmente resultaba ser un asalto; la segunda era salir corriendo del lugar y quedar automáticamente desempleada por decisión de los psicólogos. Pero no hubo tiempo para decidir. Entraron escoltados por mi jefe, uno de ellos se dio vuelta para cerrar la puerta y, cuando volvió a girar, me miró mientras sacaba su arma de la cintura para apuntarme diciendo el ya pasado de moda “esto es un asalto” ¿acaso no se dan cuenta estos profesionales de que con la sola presencia de un arma ya está clarísimo que están ejerciendo? Lo que sigue no lo recuerdo, porque a lo único que atiné fue a pegarme a la pared buscando algún tipo de camuflaje, mirando fijamente al vacío. Después de emitir un “yo me quedo acá”, no escuché, no miré, no me moví (salvo mis piernas, que parecían una extensión de mi cuerpo con vida propia temblando como nunca pensé que podían llegar a temblar). Lo que sí recuerdo es lo inoportuno que fue mi celular al avisarme, con una música de pajaritos felices, que eran las 17:30. El hombrecito que me apuntaba (mientras el otro pedía las llaves de un 206 0km) agarró muy nervioso mi celular y me dijo “¿qué es esto?” (un celular, pelotudo!). Le dije que no se hiciera problema, que era un recordatorio de mi celular y, qué zopenca, le estiré la mano para que me lo alcanzara. Ahí fue cuando se notó que era virgen en tema asaltos; y recordé que la política de estos hombrecitos es la de quedarse con tus cosas. Cuando reapareció su compañero violento con las llaves del 206, se fueron. Después de desearles desagradables porvenires a ambos, el infradotado de mi jefe dispuso que nadie se fuera a su casa “acá no pasó nada”. Mis ganas diarias de abollarle su espantoso rostro se potenciaron al saber que tenía que permanecer ahí hasta el fin de la jornada. Así fue que a las 20:30 me fui caminando a casa, y ahí comenzó mi paranoia. Toda la gente que había en la calle eran ladrones según mi instinto, todos. Hasta la viejita que engañaba baldosas con su paso desviado me generaba desconfianza. Llegué por fin a mi casa, en donde me enchufaron una pastilla para dormir y pude descansar, aunque obviamente desperté a mitad de la noche con mi cuarto empapelado de pistolas. A partir del día siguiente, salir a la calle me fue imposible, me sentía burlada. El análisis indicaba que, al haber presentido el asalto y aún así no haber salido corriendo, tiempo después ante el menor indicio de robo era lógico que yo saliera disparando. Y eso fue lo que hice durante un buen tiempo, incluso llegué a bajarme de colectivos a mitad de camino por tener el bendito presentimiento de que me iban a asaltar (cucú!)
Me llevó un buen tiempo caminar por la calle y sentirme rodeada de gente normal (al decir “normal” me refiero a gente que no roba).
A lo que voy con todo esto es: ¿Qué le ven de gracioso los tarados que se acercan gritando “esto es un asalto” para irse riéndose a todo pulmón creyendo que su estúpida broma me pareció divertidísima? Qué cantidad de salames andan sueltos, y cuántos vienen a revolotear cerca mío.

(Qué texto largo... si llegaste hasta acá sos lo más!)

Días amarillos




Llegaba él con su remera azul y un adiós bajo el brazo. Lo trajo un sol de otoño entre pinceles y madrugadas. Vino con sus regalos espontáneos y los impulsos del niño que llevaba dentro, al cual paseaba por todos lados. Llegó él con su sonrisa que siempre acababa en carcajadas, el aire olía a colchas y a escaleras trasnochadas. Y no hizo frío nunca, el suelo parecían olas, y él tenía todos, todos los colores. Ella danzaba un ritmo que escuchaba por primera vez. Él pintó ilusiones por toda la casa, mientras ella escondía todos los relojes que encontraba. La llenó de días amarillos, palabras de insomnio y lunas curiosas que espiaban. Él hacía que todo pareciera un juego, la magia parecía no acabar. Ella no se reconocía en esa casa sin espejos, él decía “te quiero” y se sonrojaba. Él la abrazaba y el mundo se detenía en el lugar donde nacen los cuentos.



La llenó de vida y de días amarillos, de bailes y vientos que traían amor. Él la besó, él prometió. Ella creyó, aunque nunca entendió por qué vino el invierno y se lo llevó.