Ayúdenme a descifrar el humor negro de algunos argentinos, en este caso cordobeses, porque quizás sea yo la que no tiene sentido del humor para estas cosas (cabe aclarar que soy de esas personas que se ríen de todo, o sea que descarto el asunto del sentido del humor)
Hace ya un buen tiempo yo trabajaba en una concesionaria de autos como secretaria. Fue, hasta ahora, el único trabajo en el que me tuve que disfrazar de mujer normal todos los días (esto implicaba no poder usar mis medias de colores ya que le quitaban seriedad a mi sobrio traje negro de secretaria común y corriente). Además de vestirme como un ser aparentemente sin problemas mentales, debía dirigirme con impecables palabras a los clientes. Pero, por más que me esmeré en no ser yo misma, finalmente sucedió lo que estaba tardando en suceder. Un señor me pidió que buscara a mi jefe y yo, con cara de secretaria del mes, le dije: “Cómo no ¿me aguanta un toque?”. Tras descubrirme “tuteando pero no” a este cliente, comprendí que podría haber sido el fin de mi disfraz, pero ¿por suerte? no fue así. Continué trabajando varios días más (mi estadía en esta clase de trabajos se reduce a días, es algo que ya conozco de mi misma). Hasta que me pasó lo que nunca me había pasado en los 21 años que llevaba respirando.
Estaba yo sentada en mi escritorio serio, con mis papeles serios y mi concentración en que un llamado muy importante que debía hacer a las 17:30 no debía sufrir sobresaltos (entiéndase por esto que no podía permitirme ningún tipo de escape a mi mundo, ése en el que soy yo misma y me olvido de las cosas). Dado que faltaba casi media hora para hacerlo, opté por lo que me pareció más efectivo que mi memoria; agarré mi celular y lo programé para que a las 17:30 me avisara que tenía que hacer el bendito llamado. Una vez hecho esto, levanto la vista y diviso a dos hombres que se acercaban al salón a esperar a que mi jefe despachara a otro cliente para ser atendidos. Por alguna razón que desconozco, me intranquilizó bastante tenerlos ahí y las expresiones de sus rostros me revolvían el estómago; sobretodo porque uno de los dos no me sacaba su espantosa mirada de encima, esas miradas que no me gustan porque esconden algo. Mi cabeza no tardó en desatar la mejor producción de Hollywood de los últimos tiempos, en la que se desarrollaba un clarísimo asalto a mano armada. Claro que no alcancé a escribir el final porque mi terrorífica imaginación se vio interrumpida por mi jefe desocupándose del otro cliente y dirigiéndose a ellos dos. Cuando los vi hablando a los tres decidí que tenía dos posibilidades: encerrarme en el baño era una de ellas, la más riesgosa si realmente resultaba ser un asalto; la segunda era salir corriendo del lugar y quedar automáticamente desempleada por decisión de los psicólogos. Pero no hubo tiempo para decidir. Entraron escoltados por mi jefe, uno de ellos se dio vuelta para cerrar la puerta y, cuando volvió a girar, me miró mientras sacaba su arma de la cintura para apuntarme diciendo el ya pasado de moda “esto es un asalto” ¿acaso no se dan cuenta estos profesionales de que con la sola presencia de un arma ya está clarísimo que están ejerciendo? Lo que sigue no lo recuerdo, porque a lo único que atiné fue a pegarme a la pared buscando algún tipo de camuflaje, mirando fijamente al vacío. Después de emitir un “yo me quedo acá”, no escuché, no miré, no me moví (salvo mis piernas, que parecían una extensión de mi cuerpo con vida propia temblando como nunca pensé que podían llegar a temblar). Lo que sí recuerdo es lo inoportuno que fue mi celular al avisarme, con una música de pajaritos felices, que eran las 17:30. El hombrecito que me apuntaba (mientras el otro pedía las llaves de un 206 0km) agarró muy nervioso mi celular y me dijo “¿qué es esto?” (un celular, pelotudo!). Le dije que no se hiciera problema, que era un recordatorio de mi celular y, qué zopenca, le estiré la mano para que me lo alcanzara. Ahí fue cuando se notó que era virgen en tema asaltos; y recordé que la política de estos hombrecitos es la de quedarse con tus cosas. Cuando reapareció su compañero violento con las llaves del 206, se fueron. Después de desearles desagradables porvenires a ambos, el infradotado de mi jefe dispuso que nadie se fuera a su casa “acá no pasó nada”. Mis ganas diarias de abollarle su espantoso rostro se potenciaron al saber que tenía que permanecer ahí hasta el fin de la jornada. Así fue que a las 20:30 me fui caminando a casa, y ahí comenzó mi paranoia. Toda la gente que había en la calle eran ladrones según mi instinto, todos. Hasta la viejita que engañaba baldosas con su paso desviado me generaba desconfianza. Llegué por fin a mi casa, en donde me enchufaron una pastilla para dormir y pude descansar, aunque obviamente desperté a mitad de la noche con mi cuarto empapelado de pistolas. A partir del día siguiente, salir a la calle me fue imposible, me sentía burlada. El análisis indicaba que, al haber presentido el asalto y aún así no haber salido corriendo, tiempo después ante el menor indicio de robo era lógico que yo saliera disparando. Y eso fue lo que hice durante un buen tiempo, incluso llegué a bajarme de colectivos a mitad de camino por tener el bendito presentimiento de que me iban a asaltar (cucú!)
Me llevó un buen tiempo caminar por la calle y sentirme rodeada de gente normal (al decir “normal” me refiero a gente que no roba).
A lo que voy con todo esto es: ¿Qué le ven de gracioso los tarados que se acercan gritando “esto es un asalto” para irse riéndose a todo pulmón creyendo que su estúpida broma me pareció divertidísima? Qué cantidad de salames andan sueltos, y cuántos vienen a revolotear cerca mío.
(Qué texto largo... si llegaste hasta acá sos lo más!)