lunes, 4 de abril de 2011

Mi ayer de hoy

Fantaseo con cuadernos de hojas amarillas y con la letra de mis mejores épocas. Fantaseo con leerme y encontrarme escondida detrás de un poema que no hable de vos. Mejor que no hable más nadie porque ya no escucho lo que alguien quiere decir.
Me amenazan con ser importantes. Jamás le tuve miedo a los platónicos. Así que gracias, pero no. Me quedo en Abril toda la vida.

domingo, 20 de febrero de 2011

Capricho literario

Se supone que si uno está en el trabajo, trabaja.

Pues no es mi caso, o no lo es la mayor parte del tiempo que paso acá. Y ya estoy aburrida, me aburro muy fácil a veces. Mientras vuelvo loca a la gente con mi lapicera que golpea con todo lo que tengo a mano, pienso… y soy conciente de lo poderosamente pesada que me vuelvo cuando estoy aburrida.

Afuera llueve apocalípticamente (o al menos así parece desde donde estoy yo), y la gente en estas circunstancias decide quedarse en su casa en lugar de venir a comprarme algo; y las personas que ya estaban acá no se pueden ir por la lluvia… pero los que están acá no me sirven porque son todos los que antes no me compraron nada.

Así fue que decidí ponerme a escribir. Pero tuve mi primer obstáculo: ¿dónde escribo? Tengo que buscar un papel que no sirva… papel que no sirva…mmm… ni siquiera tengo alguno que sí sirva para volverlo inservible… mis ganas de escribir se potencian frente a mi absurdo obstáculo y entonces decido comprarme a mi misma un alfajor.
Listo, me compré mi alfajor e hice caso al cartel que en algunos lugares dice “¡Alto! No se vaya sin su factura.” Fecha: 6 de Marzo 2007; cantidad 1; descripción Alfajor bañado en chocolate; total: $1,40. Arranco mi factura del facturero y comienzo a escribir al dorso de la misma. Una vez solucionado mi primer obstáculo, aparece rápidamente el segundo. Carajo ¿es q no puedo escribir tranquila? Aunque este resulta ser un poco más poderoso que el primero… y la pregunta es ¿y ahora sobre qué/quién escribo? Podría terminar de ocupar el poco espacio en blanco (y de oro) que queda del dorso de mi factura de compra expresando mis más sinceras felicitaciones a alguien que acaba de enviarme el siguiente sms: “Aprobé el escrito! Mañana oral 8:30 no caigo!” pero lo interesante quedaría flotando fuera de este papel, aún cuando ya estoy haciendo mi letra muy chiquita y cada renglón se inclina cada vez más hacia arriba.

Pero la cuestión es que ya no puedo hacer más nada, sólo queda espacio para quedarme con una duda que supongo me va a entretener lo que queda de la tarde: No tengo idea sobre qué/quién quería escribir.

miércoles, 16 de febrero de 2011

La primera vez que voté

El escrito que sigue a continuación relata aquello que me sucedió la primera vez que voté. Lejos de sentirme orgullosa de esta anécdota, sólo tengo cara para decir:
“Carajo. Qué difícil es ser yo”.

Ha sucedido algo importante: hubo elecciones. Pero ese no va a ser el eje central de esto que escribo; lo trascendente de la cuestión es que ¡yo voté! Así es, mi primer voto obligatorio aunque para nada secreto ya es una realidad.
Me fui decidida hasta el cuello a votar en blanco, ansiosa por descubrir los misterios del cuarto oscuro e intrigada por saber si la presidenta de mesa pronunciaría bien mi apellido al nombrarme. Digo esto último ya que “Zarazaga” suele provocar interesantes muecas, tartamudeos y confusión por parte de aquél que lo lee por primera vez. Guardo en mi memoria una extensa lista de profesores del secundario a los que pronunciar en forma correcta mi apellido les resultaba casi imposible. Lo primero que decían era Zaragoza, después intentaban adivinar con un Zaragaza, y hasta hubo una vez en la que a alguien se le escapó un Zarlanga. Entenderán ahora mi intriga de más arriba; moría por ver a cuánta imaginación recurriría mi presidenta de mesa al leer mi apellido.
Ingresé al colegio y me encontré con el caos que más detesto: colas y colas de gente hablando a los gritos sin escucharse los unos a los otros. Entré en pánico y frené a la única persona que parecía de este mundo en aquel infierno de locos. Le dije: “soy nueva en esto, es la primera vez que voto y no entiendo nada de nada”. La mujer me regaló su mejor mirada de lástima al principio y de ternura más tarde, y me preguntó cuál era mi apellido - “Zarazaga, con zeta” – contesté. Sonrió enérgica y me preguntó lo que me preguntan siempre en estos casos - ¡Ay! ¿qué sos de Jorge? – . – Ni idea – respondí. -¿Quién es tu papá? – insistió, - Gustavo – repliqué ya con cara de le pongamos fin al tema apellidos y decime a dónde tengo que ir. Como adivinando mi pensamiento, la señora me dijo que me dirigiera a la mesa 1094, al final de todo el pasillo del último patio. “Final” y “último” son palabras a las que estamos acostumbrados los Zarazaga, pero igual no puedo quitarme el hábito de maldecir la situación. Fui al patio indicado y, en efecto, al último de todo estaba mi mesa. Maldije de nuevo mi suerte y me dispuse a esperar con la mejor cara que tenía. Mis inútiles esfuerzos por ponerle una sonrisa al trámite más aburrido del mundo se esfumaron al ver que hacía 20 minutos que había llegado y la cola no había avanzado en absoluto. No obstante, hubo un espectáculo que me entretuvo en ese tiempo de exasperante espera. Una señora de por lo menos 50 años, vestida como una de 20, llegó al lugar con sus gafas de sol del tamaño enorme de su ego; se acercó a la mesa 1093 y gritó glamorosa:- “Yo no voy a hacer la cola” - . La miramos todas creyendo que se trataba de una joda. La presidenta de mesa le preguntó casi riendo por qué no haría la cola, a lo que la diva respondió: - “porque es muy lento todo. Yo me siento acá – dijo acercando una silla al lugar donde estaba la presidenta - y ustedes me avisan cuando pueda entrar” -. Menos mal que esto no ocurrió en mi mesa porque juro que esa misma tarde salía en los diarios. Lo peor de todo es que este personaje efectivamente no sólo no hizo la cola y le cedieron el turno, sino que además entró, votó y una vez que salió se volvió a sentar.
Luego de semejante circo mi humor había mejorado, pero la velocidad en que la cola avanzaba amenazaba con hacerme gruñir de nuevo. Entonces ocurrió. Una mujer de mi mesa, muy considerada ella, se encerró 30 minutos en el cuarto oscuro. Juro que me pregunté qué tan divertido podía llegar a ser el famoso cuarto como para quedarse media hora adentro. Las demás y yo en la cola, ya violetas de la bronca, protestamos por la demora de esta turra. Entonces la presidenta de mesa se levantó y le golpeó la puerta a la señora, y ésta, como si nada, rompió el silencio diciendo del otro lado “¿si?”. Me indigné. Ya me quería ir, ya me importaba un carajo si el cuarto era realmente oscuro o si sólo era una forma de decir. La mujer demoró 10 minutos más y salió con cara de heroína. Le dediqué mi mirada más violenta y dije en voz accidentalmente alta algo que no creo conveniente transcribir acá. Una anciana que estaba adelante mío se volvió para mirarme, y yo estaba segura que se venía un “la boca, nena”, pero lo único que hizo fue aprobar mi insulto asintiendo con la cabeza.
Minutos después de que la simpática mujer saliera, entraron las de la mesa a revisar todo y demoraron otros 10 minutos más.
Todavía había 3 personas delante mío y yo no había ni almorzado. Mi humor sufrió nuevamente una mutación negativa.
Por fin llegó mi turno y pronunciaron bien mi apellido, pero no había tiempo para felicitar a la presidenta de mesa por semejante logro.
Triunfante ingresé al cuarto y se me quemaron los papeles en el acto: demasiadas caras y nombres en el gran abanico de bancos frente a mí, diferían a lo que había sido previamente en mi imaginación, lo que me llevó a hacer algo insólito: comencé a buscar la boleta en blanco. Sí, quise votar en blanco con una boleta blanca que no existe. En pleno delirio, creí que se habían acabado y que podría llegar a tratarse de una estrategia para que uno votara sí o sí. Me aturdí por completo, no podía demorarme porque si lo hacía, las leonas de afuera me comían viva. Así fue que agarré la cara del primer funcionario que encontré y metí toda la boleta arrugada dentro del sobre.
Salí furiosa por no haber podido votar en blanco y cometí el error de comentar a mi familia y amigos mi travesía de principiante en el cuarto oscuro.
Es por eso que exijo se coloquen boletas blancas en los cuartos oscuros para que los principiantes no sufran lo que yo, ya que nunca se sabe qué puede pasar por la mente de una persona que vota por primera vez, en estas circunstancias o en cualquier otra, he dicho.

martes, 25 de enero de 2011

Es lo mismo

Escena: Papá Gustavo yendo al supermercado. Mamá Popita desde el sillón grita:

Popita: "Gordoo, comprame un power point!!!"

Gustavo (desconcertado): ¿Un qué gordita?

Popita (súper convencida): Un power point!!

Gustavo (frunciendo el seño y perdiendo la paciencia): No, no entiendo gordita...

Popita (indignada): Esoooo que es para los calaaaambrees...

Gustavo: Un Powerade gordita??

Popita: Eso, eso.




Es lo más.

sábado, 20 de febrero de 2010

Ramona escribe (2da parte)

Carajo. Cada vez que decido continuar con esta carta a no sé quién (que de hecho estoy comenzando a creer que algún día alguien se llamará así y mi carta finalmente tendrá destinatario) el pesado de Osvaldo, a quién todavía no se le ha cumplido el deseo, intenta visitarme, aún con el cartel que puse en la puerta que discrimina a la gente negativa (idea de Tita). El primer intento que implementamos para evitar los monólogos de Osvaldo fue el de colocar una nota en el timbre que decía “no funciona”, pero este ser desgastante tomó como medida eficaz llamarme por teléfono antes de visitarme, para que yo esté atenta a su llegada y pueda abrirle la puerta. Al ver que esto no estaba funcionando, comenzamos con Tita el rumor de que yo había quedado sorda, y esto pareció ser lo que me estaba faltando porque Osvaldo se compadeció tanto con mi “condición” que no paró de gritar que ya estamos viejos. He aquí los resultados: estoy sin teléfono, ya nadie me visita porque creen que estoy sorda y mi puerta le anuncia al mundo que no tengo paciencia con la gente. Y todo por Osvaldo. Creo que hubo una sola vez en que vino a mi casa de buen humor. Fue el día en que todos volvimos a la normalidad luego de duras y extensas jornadas de anormalidad a causa de la tormenta más catastrófica que sufrió nuestra ciudad. Sus consecuencias fueron desastrosas, y estuvimos al borde de la depresión colectiva. No habían desaparecido nuestras casas, tampoco nuestros vehículos, sino que, según lo anunciaban en primera plana del diario “Primera Plana”, el cuadro era aún más alarmante: “La ciudad se quedó sin palabras”, decían.
No sabíamos dónde estaban. Los poetas, que culpaban neciamente al loro Bartolo que pobrecito era tartamudo, querían abandonar la ciudad. Imaginen lo desolador que hubiera sido este lugar sin ellos.
Yo, en un primer momento, reaccioné con incredulidad. Me costaba trabajo creer que no había más palabras mientras que las personas que estaban a mi alrededor seguían usándolas en conjuntos de diez a quince por cada frase de lamento frente a la terrible situación. Así fue que decidí exponer mi postura incrédula para disminuir el pánico de los exagerados; pero en lugar de conseguirlo alguien me aclaró que quedaban unas pocas a causa de los prolongados silencios que se generaban en los fríos inviernos de la ciudad. Y ahí fue cuando exploté en ira, ya que la gente con sus quejas estaba desperdiciando las últimas palabras que nos quedaban.
Debo admitir que esta desgracia tuvo su costado bueno: Osvaldo estaba tan horrorizado que quedó anonadado y mudo hasta el día en que todo se solucionó.
Recuerdo que nuestra carta al presidente no resolvió el problema; pero por suerte las ciudades vecinas colaboraron bastante, sobretodo la ciudad de Bla Bla que según nos informaron estaba habitada de gente muy callada y que, indudablemente, tenía una buena reserva de palabras para esta clase de emergencias.
Otra misteriosa desaparición a causa de la tormenta fue la de los boomerangs. Se comenta que sufrieron una crisis existencial por su destino nómade, sentenciados a pertenecer y no, condenados a ese “ir y venir del carajo” que bien describe Gabo, el jardinero de Tita. Lo que no se sabe aún es si los boomerangs han escogido ir o volver. Porque así como se van, así también están volviendo. Nunca lo supimos.
La crisis de las palabras ya llevaba exactamente 78 horas de existencia, cuando Osvaldo entró a mi casa sin golpear, gritando que lo acompañara a la plaza porque había ocurrido el milagro más emocionante de la historia de la ciudad. El primero en enterarse fue el loro Bartolo, y demoró treinta y dos minutos en avisarnos que ya todo había terminado. Impávidos por la misteriosa solución que no terminábamos de conocer, le preguntamos al loro dónde encontrar información oficial del final del desastre, pero Bartolo estaba exhausto después del informe y sólo alcanzó a señalarnos con su pico sudado la casa más antigua de la ciudad. Allí nos dirigimos todos, eufóricos e intrigados, y caímos en la cuenta de que el milagro tenía nombres, y eran Simona y Joaquín, la única pareja compuesta por las dos personas verdaderamente viejitas de la ciudad. Incrédulos, los miramos tratando de hallar alguna pista reflejada en el rostro arrugado de los centenarios cuerpos que teníamos en frente, y con un gesto de extraña lucidez comenzaron a destapar el velo de la intriga colectiva que nos mantenía temblando de desconcierto y emoción en la puerta de su casa.
Ella, con sus 154 años, nos reveló que, sin darse cuenta, ahorraron palabras durante ciento dos años de su vida. Nosotros, atónitos, les preguntamos cómo fue posible que hicieran tal cosa sin saber que lo estaban haciendo. Ellos, sabios y viejos ancianos, nos respondieron con el más puro y último suspiro de sus vidas: “Porque nos amamos tanto que las palabras siempre sobraron.” Y yo, con una mano tapando mi boca que intentaba en realidad tapar mi conmoción, miré al hombre que tenía a mi lado y sin pensarlo dos veces le dije: - A ver Osvaldo si aprendes algo de esa revelación ¿no? -.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Mi primer cliente molesto

El que haya sido alguna vez en su vida vendedor o lo sea ahora, sabe del INFIERNO que es toparse con el típico cliente molesto.
Quisiera poder adjuntar a este escrito una foto de algo muy desagradable, para así ilustrar a los que me lean el panorama del cual voy a hablar en los próximos renglones. Pero bueno, me voy a limitar a las palabras.
Sucedió en un prestigioso local de ropa en el cual yo estaba trabajando desde hacía muy poquito tiempo, además estaba a prueba por tres meses, y esa condición me llevaba a pasar momentos muy agradables (léanse las últimas tres palabras con ironía)
Ahí estaba yo siguiendo las órdenes que mi jefe me había dado antes de que semejante personaje ingresara al salón. De repente, se me acerca uno de mis compañeros a contarme que la pesadilla estaba a punto de comenzar: había escuchado que Samuel (vamos a preservar la intimidad de mi ex jefe, por las dudas) al recibir al mismísimo demonio (un cliente fijo del lugar donde yo trabajaba) le dijo que YO lo iba a atender. Sí, yo estaba a prueba pero… semejante castigo me parecía exagerado. Mi compañero me dijo mirándome con cara de “pobre vos” que me vistiera con la mejor sonrisa y que me preparara para el ser más prepotente del mundo…
Y así fue. El tipo cubierto de pulseras y collares de oro al estilo Eminem divisó mi rostro a lo lejos y se refirió a mí como “chiquita” haciéndome señas de que ya estaba perdiendo su tiempo. Caminando a pasos cortos y rápidos (lo cual detesto hacer) fui y me paré a su lado rogando que el circo terminara lo antes posible.
Satán se paró al frente del sector de zapatillas y emprendió el listado de modelos que quería medirse. En total fueron 5 los pares que le llamaron la atención y los quería en el número 9. Me disfracé de correcaminos y bajé las escaleras que me llevaban al depósito a una velocidad que no detectó los escalones, lo cual podría haber sido un peligro… pero seguramente mucho menor del que podría haber resultado mi tardanza en volver.
Una vez en el depósito, comencé con tic tacs de fondo mi búsqueda desesperada por los modelos en 9. Estaban todos en 10, en 9 no quedaba ni uno… obvio, la catástrofe tenía que ser completa. Pensé que subir con los pares en 10 sería mucho mejor que subir sin nada, (esto, claro, sin contar el tiempo que estuve pensando cómo explicarle que lo que él deseaba no iba a obtenerlo). Subí y lo vi mirando su reloj, como contando los minutos que yo estaba tardando. Hermosa sensación. Le expliqué, con una sonrisa que ya tapaba por completo el resto de mi rostro, que no quedaban talles 9. – ¡Ah no! ¡No te puedo creer chiquita! ¿Cómo no van a quedar? - . “¡¿No me escuchaste pedazo de tarado?! ¡No hay más en 9! ¡Vas a tener que vestir tu espantoso pié con otro modelo que si esté en 9!”. Qué ganas de decirle eso y mucho más pero aquello no convenía estando a prueba… así fue que en lugar de eso respondí: - Le pido mil disculpas, de todas formas puede medirse el 10, uno nunca sabe… - Y me di cuenta de lo boluda que puedo llegar a ser cuando me pongo nerviosa ¿uno nunca sabe? ¿Quién se lleva un número que le queda grande? En fin, el tipo se midió el 10 que resultó ser un 8… es que claro, mi suerte tenía el día libre. Pronuncié mi trigésimo quinto perdón haciendo sapito por las escaleras. Lo que sucedió es que, un par de días atrás, el depósito del local se había inundado costó mucho tiempo organizarlo nuevamente, y yo me había olvidado de que las cajas de las zapatillas estaban mal acomodadas y que muchas veces no coincidían el número del calzado que figuraba en la caja con el que estaba dentro de ella. Semejante desorden demandaba mucho tiempo y concentración, y ambas cosas escaseaban en mi situación. Una vez que recordé lo de las cajas, comenzaron a aparecer todos los modelos que buscaba en número 9 y yo me convertí en una persona feliz, con miedo todavía… pero feliz al fin. Al regresar ya comencé a notar los escalones y mi sonrisa era real. Quise contagiar mi alegría a Lucifer, pero resultó otra pérdida de tiempo. Se midió todos los pares, se paró y caminó unos 4 minutos mirándose por todos los espejos del salón, se sentó de nuevo y me dijo: - No. Traeme este en 10 que el 9 es chico - . Muchos adjetivos calificativos cruzaron mi mente en ese instante, pero no había tiempo. Volví con el maldito 10, hizo el mismo teatro de los espejos y se discutía a sí mismo cuál de los dos modelos que más le gustaban se llevaría, entonces me preguntó: - ¿Cuál te gusta a vos? - , al ser las dos horribles atiné a contestar que la beige, a lo que contestó: - ¡No! ¡Ya tengo una beige! - . Era tan estúpido que se disputaba entre dos zapatillas de las cuales una ya tenía. – Entonces la blanca – dije con tono de por Dios a ver si te vas de una vez. - Si, si. Me llevo la blanca - dijo. En ese momento sonaban trompetas de triunfo en mi cabeza. Me dijo que las llevaba puestas y que pusiera en la caja las zapatillas con las que había venido.
Lo acompañé a la caja para que abonara, y la cajera me dijo: - Coti… le sacaste los sensores de seguridad a las zapatillas del señor ¿no? -… Estaba clarísimo que no había hecho tal cosa y tuve que pensar seriamente la manera de decirle al anticristo que por favor se descalzara en caja, para así poder sacarle los malditos censores a sus zapatillas nuevas, de manera que cuando salga del local no suenen las alarmas y los guardias no se lo lleven (lo cual significaría mi despido inmediato). Para mi absoluta sorpresa, el salame pudo reproducir un sonido bastante similar al de la risa y se tomó mi distracción con mucho humor. Se sacó las zapatillas, quité los censores y ya estaba a un paso de culminar la venta más fastidiosa de mi vida de vendedora, cuando de repente lo escuché decir...
- Bueno, muchísimas gracias, te agradezco muchísimo tu amabilidad, sos muy agradable, muy agradable de verdad, muy bien atendido me voy, te regalo mi 2x1 para el cine”… No me resulta muy fácil describir mi cara de desconcierto al descubrir que este personaje contaba con este tipo de frases en su repertorio. ¿Satanás me estaba agradeciendo? ¿Después de lo inútil que me mostré?. Es increíble, nunca me imaginé que se fuera diciéndome gracias, ¡en realidad nunca me imaginé que por fin se fuera! Pero bueno, el ángel de las tinieblas se llevó por suerte las zapatillas más caras. Aunque yo no cobraba comisión por las ventas, esto ayudaba cuando a fin de mes mis jefes revisaban cuánto y qué vendían los empleados.
Final feliz en la jornada laboral más eterna de mi vida, no obstante les deseo a todos que pocas veces sean víctimas de semejante animal…quisiera decir nunca, pero esta especie no se extingue.

martes, 16 de febrero de 2010

Qué pasó con eso de... servicio al cliente?

Mi amiga: hola si qué tal, voy a llevar un alfajor…. *observa detenidamente el sector donde se encuentran los alfajores*

Mi quiosquero: Aha… *indignado lo que tiene que esperar la decisión de mi amiga*

Mi amiga: no sé bien cuál jaja… *ríe nerviosa*

Mi quiosquero *ya sin paciencia*: Mirá, por qué no elegís alguno de los que están ahí así no perdemos tiempo ni vos ni yo


Me mudé 14 veces ya, y siempre, pero siempre me tocan quiosqueros mala onda en el barrio.

viernes, 12 de febrero de 2010

¿Y qué se sueña a la siesta?

Coincido con Isabel Allende en que no existe nada más aburrido que escuchar los sueños ajenos. Y es que claro, uno mientras los cuenta tiende a reproducirlos nuevamente en la imaginación (lo cual provoca el doble de euforia) y tiene la certeza absoluta de que le fue conferido el poder de instalar al pobre oyente en ese mundo delirante, aquel en el que se desarrolló el sueño en cuestión. Pues nos enteremos de una vez de que esto no es así. Es terriblemente aburrido escuchar los sueños de los demás.
Probablemente lo que sigue a continuación les resulte tortuosamente aburrido, pero para eso existe el libre albedrío. Son libres de continuar leyendo mi mundo favorito (el de los sueños, claro) o de seguir con lo que sea que estaban haciendo. Saben que no me ofendo.
En esta categoría voy a relatar aquellos sueños que sean recurrentes o que me hayan dejado obsesionada. Mis sueños no son normales, de esto me di cuenta hace tiempo. Es por ello que cuando me levanto anoto en un papel las palabras clave para después escribir en un cuaderno el sueño completo así no olvido ningún detalle, ya que muchas veces me dan ideas para escribir historias.
Bien. Cada vez que decido contar uno de mis sueños cinematográficos intento posicionarme en el lugar del espectador, porque de otra forma todo esto no tiene sentido ni gracia ni nada. La pregunta que siempre me hago es ¿y qué les importa a los demás lo que yo haya soñado? Y la respuesta también es la misma cada vez: un carajo. Sin embargo acá estoy, con una introducción innecesaria que intenta demorar mi salto en paracaídas hacia la paciencia de todos ustedes. Pasemos entonces a mi sueño de la aldea (escenario que se repite una y otra vez en mis sueños). A continuación transcribo textualmente lo que está escrito en mi cuaderno de los sueños.

"En la aldea es día de feria. Una gran cantidad de personas adornan el verde paisaje con sus puestitos artesanales, ofreciendo diversas curiosidades a los aldeanos que paseamos con gestos de asombro.
El tiempo histórico debe ser aquel en el que todavía no existían las ciudades ni los jeans, ya que todos nos conocemos y además vestimos raro.
Yo estoy mirando con alucinación un reloj de pared de tela verde con dibujos de tortugas rojas expuesto en el puesto de una dama negra muy simpática, quien se encuentra felicitando a un señor que se le acaba de acercar para contarle a los gritos que ha heredado una gran suma de dinero. Este señor trae su fortuna en las manos para que la gente le crea. A los pocos minutos, se acercan al puesto dos hombres que me generan desconfianza, y comienza a desesperarme la absoluta seguridad de que van a robarle el dinero al hombrecito. Así es que resuelvo arrebatarle a éste el manojo de billetes con la intención de salvarlo de un asalto inminente, y una vez que lo hago salgo corriendo heroica. Mi comportamiento despierta más preguntas que aplausos, y yo no hago más que aclarar que no me estaba robando nada, sino que estaba evitando que el señor sea asaltado. Pero nadie parece creerme, por lo que deciden someterme a juicio allí mismo. Retiran los puestos de la feria y me ubican en el centro del campo frente a unas treinta personas sentadas en sus sillas para juzgarme; entre ellas puedo divisar el rostro serio y frío de un hombre que conozco y lo odio por estar ahí.
Finalmente me sentencian a no sé muy bien qué, pero al parecer se trata de algo muy injusto ya que yo me rehúso a cumplir mi condena alegando con todas mis fuerzas que yo sólo intenté proteger al maldito señor. Al pronunciar esas palabras, todos comienzan a mirarme sorprendidos por haber puesto en duda la sentencia del jurado e inmediatamente después abandonan sus asientos y empiezan a correr asustados hacia sus respectivas casas. Puedo verme a mí misma observando el accionar de los aldeanos sin comprender su alteración, y al mismo tiempo comienzan a sonar campanadas fúnebres. Luego de unos segundos de plena confusión, logro recordar todo. En la aldea, las campanadas significan el tiempo de vida que le queda a un acusado luego de discutir con un jurado. La edad de esta persona determina la cantidad de campanadas que sonarán en total, y el acusado debe estar fuera de la aldea para siempre antes del último campanazo, ya que de lo contrario sucede algo muy malo (no pude alcanzar a saber qué).
Al recordar ésta política, comienzo a correr desaforada y totalmente ajena a la cantidad de campanazos que me quedan. Mis piernas quedan paralizadas (sí, yo también esperaba algo más original de mi inconciente) y entonces me dejo caer rendida a una muerte segura. Al sentir que voy a morir, comienzo a mirar para los costados y escucho “la voz de la naturaleza” (sí, sí) diciéndome que me levante así me puede ayudar. Así lo hice y se desató un viento furioso, seguido por un mar violento que se formó exclusivamente para que yo nade rápido hasta el próximo pueblo. Estoy nadando, por fortuna nado muy bien, aunque me sigue faltando mucho para salir de la aldea. De repente pasa por mi lado el mismo hombre que descubrí en el juicio, quien tiene el poder de caminar sobre el agua. Histérica y asombrada le pido por favor que me ayude, pero él sólo alcanza a mirarme de reojo para decirme de mala gana: despertate.
Obediente como soy, me desperté. Permanecí nerviosa durante un par de minutos, y lo único que me llamaba fuertemente la atención era la participación de este hombrecito en mi sueño, la cual puedo resumir diciendo que sólo apareció para juzgarme al principio y para abandonarme al final. Y es que a veces mi inconciente confunde los sueños con la realidad."

¡Perdón si quedó largo! ¿El título? Ni idea, empecé así el escrito y ahí quedó. Mis disculpas por haber pecado de Infobae.

Mi lugar en el mundo... vamos?

Nashville Music Events, News and History

miércoles, 10 de febrero de 2010

Qué pasó con eso de... servicio al cliente?

Técnico de Direct TV: (No muy contento con su trabajo) "A ver dígame qué problema tiene"

Mi padre: "Bueno, esta boca parece que no está activada, no vemos nada en este tele, habría que configurarlo"

Técnico de Direct TV: (Resoplando) "Eso no es un problema mío..."



Estoy plenamente intrigada... problema de quién vendría a ser entonces?

martes, 24 de noviembre de 2009

lunes, 7 de septiembre de 2009

Terapias de Novela



Cada vez que se desataba una pelea en este extraño matrimonio ella decidía hospedarse en un hospital. Armaba su bolso y como quien se va a la playa anunciaba: - ¡Me voy al Allende! -. Y allá iba, con un buen currículum de enfermedades psicológicas a las cuales el personal médico ya reaccionaba con humor. - ¿Cómo le va Popy? ¿Peleas con Isidro? - le cuestionaban las enfermeras al verla ingresar al edificio. - ¿Peleas? ¡Peleas un carajo! ¡Aquél Mesías va a arder en el infierno! - Aclaraba ella. Y entre risas, los médicos le preguntaban qué le dolía esta vez. - Todo Dr., tengo en la garganta como una especie de paraguas abierto cuyas extremidades me están raspando todo -. Les llevó años a los médicos lograr descifrar las descripciones que utilizaba mi abuela para referirse a un simple malestar físico. La más peculiar que quedó para siempre en la memoria de los pasillos del hospital fue esa vez en que llegó con dolor de pecho, que en lugar de decirlo con esas palabras quiso ser un poco más gráfica y dijo:
- Dr., no lo quiero alarmar, pero tengo en el pecho un grupo de canguros saltando constantemente encima de todas las piedras -. - Qué piedras, Popy? - . - Las piedras Dr., ¡tengo enormes piedras en el pecho y los canguros las mueven cuando saltan! -. Así fue que luego de interpretar semejante delirio como un dolor de pecho, los doctores comenzaron a hablar con ella en su mismo idioma, lo cual visto desde afuera causaba más miedo que gracia.

Lamentablemente, hubo veces en que los dolores de la abuela Yaya no eran producto de su eterna hipocondría sino cuestiones serias; sin embargo no tengo recuerdos tristes de aquellos episodios sino más bien cómicas anécdotas. Todas ellas comienzan con un: “Cuando la Yaya estaba en terapia”. Lejos de estar realmente grave, mi abuela tenía increíbles historias policiales que contarnos cuando la visitábamos en el hospital. Deliraba a causa de los sedantes, los cuales parecían ser excelentes disparadores de una imaginación adormecida. A mi hermano Mati lo asesinaban, por lo menos, cinco veces por terapia y en todos los casos enfermeras y médicos estaban involucrados, así como también eran los responsables de “querer inflarla con un suero como un globo hasta hacerla explotar”. La más presente en mi memoria ocurrió una vez en que ya la habían pasado a una habitación. Mati se presentó con un amigo para que la Yaya vea con sus propios ojos que ambos estaban vivos y no descuartizados como ella creía. La encontraron “hablando” con la Mamama (su madre, mi bisabuela, quien murió en 1989) y “acomodando” vaya a saber uno qué y en dónde porque sólo agitaba sus manos en el aire diciendo con toda la concentración del mundo: “esto va acá, esto se tira, esto lo guardo en este”. Aterrados, los chicos le preguntaron qué era lo que estaba haciendo, y ella los interrumpió con la mano y dijo: - ya voy, papá, ya voy -. En ese momento su compañera de cuarto dijo que lo que pasaba era que estaba bajo sedantes, y a mi abuela no le debe haber gustado nada el comentario ya que acto seguido revoleó una revista que fue a parar a la cara de esta señora. Aturdido, mi hermano pidió disculpas, y quiso ver qué tan perdida estaba la Yaya y le preguntó si se acordaba del número de teléfono de su casa, ella respondió que no y quiso saber cuál era. Mati le contestó que el número era 823739. Lo que él no sabía era que ella tomaría el número como respuesta a todo lo que se le preguntara de ahí en adelante. - Yaya ¿tenés hambre? -, - 823739 - respondía ella. Estuvimos a punto de jugarlo a la quiniela.

Con el abuelo Tata tuvimos un solo episodio de Terapias de Novela, pero alcanzó para quedar registrado en la memoria del Allende. Salió de terapia y en la habitación ya estaba bajo los benditos sedantes, pero no se sabe por qué le hicieron el efecto contrario. Era un Tata de 90 años con la fuerza de un Tata a los 20. Mi mamá ingresó al cuarto y lo vio en la cama descontrolado, lo único que quería hacer era sacarse el pijama y comer desnudo. Mamá Popita le abrochaba los botones de la camisa y él se los iba desprendiendo mientras confundía el pelo de ella con tallarines. Vinieron los enfermeros a calmarlo, pero el Tata tenía una fuerza descomunal y un estado de exaltación demente. Tanto renegó el pobre viejo con estos señores de bata blanca, que cuando uno de ellos le gritó enfurecido que si no se calmaba volvería a la sala de terapia, mi abuelo detuvo su ataque para mirarlo indignado y decirle con toda la bronca del mundo: - vos sos el okote -. Los médicos se echaron a reír y mi abuelo aprovechó el entretiempo para sacarse el pijama.
Cuando le contamos la atrocidad que le había dicho al enfermero, el Tata casi se nos va de este mundo. No sólo por el asunto de la religión en la que un insulto era pecado, sino también porque él los detestaba más que a nada, nosotros debíamos cuidarnos de insultar constantemente al frente suyo porque le indignaba que “la gente bien” dijera malas palabras. Claro que la regla era para todo ser viviente menos para él, sin embargo la palabra okote no estaba en su repertorio de hombre con derecho a insultar, por lo cual se sintió sumamente avergonzado por aquel incidente.
Se los extraña.
Me pregunto hacia dónde corre ahora mi abuela Yaya cada vez que se desata una pelea con el hombre al que ni siquiera dejó solo cuando murió.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Ni vayas

Escenario: Reconocido Shopping de la Ciudad de Córdoba.
Situación: Mamá Popita decide pesarse en la farmacia del lugar. Papá Gustavo y yo la esperamos mientras abonamos en las cajas del súper del Shopping antes mencionado.
Mamá Popita regresa furiosa de la farmacia. Papá Gustavo se interesa por saber cómo le fue preguntándole “¿y?”, a lo que Mamá Popita responde con señas que no parecen indicar resultados satisfactorios ni mucho menos algo positivo. Inmediatamente Papá Gustavo expresa sus deseos de ir a pesarse, automáticamente Mamá Popita le recomienda eufórica, pero muy en serio, “NI VAYAS”.

Imposible no amarla tanto!

domingo, 30 de agosto de 2009

Mis Abuelos Maternos




Mis abuelos maternos, Tata y Yaya, fueron lo más extravagantemente divertido de mi vida.
El abuelo Tata siempre fue muy estructurado y sumamente religioso. Mi mamá, hija única, cuenta que cuando era chica y se iban en el auto los domingos a la iglesia, mi abuelo se pasaba todo el camino rezando en voz alta, todo muy espiritual hasta que se le cruzaba alguno en el camino, entonces él culminaba la oración con aquello que lo convertía en incoherente en sus bendiciones: - ¡pedazo de animal ¿cómo te me vas a cruzar así? -; y una vez expresado su descontento con la interrupción vial, retomaba el Ave María con absoluta normalidad. Para mi abuelo, toda persona que lo sacaba de sus casillas era calificada como “monstruo” o “animal”, adjetivos que muchas veces eran utilizados como sinónimos de Yaya en las discusiones que ambos mantenían en momentos en los que uno podía ver manzanas lanzadas por mi abuela volando por toda la casa en dirección a mi abuelo, y éste atajando dicha fruta con lo primero que tenía a su alcance (que bien podía ser un nieto). Claro que eran guerras inofensivas, porque se amaban más de lo que cualquiera se puede llegar a imaginar, y más de lo que ellos querían admitir.
Era muy especial despertar en casa de mis abuelos, ya que la abuela Yaya se encargaba de levantar a mi abuelo pateándole la cama entonando un amoroso “levantate bestia”; pero no crean que esto era agresión, era su forma de expresar el amor que se tenían (todos tenemos nuestra forma). Y si el día amanecía lloviendo, el abuelo Tata se levantaba de su cama y caminaba hasta la ventana y, alzando sus manos mirando al cielo, gritaba: “¡Mooooooonstruoooos!” refiriéndose al clima o a cualquiera que fuese el culpable de que el día comenzara así. Mi abuela, por el otro lado, solucionaba el asunto del mal clima lanzando un rosario al pasto. Vaya a saber uno qué pacto tenía con la Virgen, porque siempre terminaba saliendo el sol.
El abuelo Tata fue el principal responsable de que en mi familia todos toquemos la guitarra. Ese fue su legado y su mayor satisfacción, tan es así que tocó la guitarra hasta los 90, aunque ya no podía ni sostener una taza de café.
Al ser de una época en la que todo era literalmente distinto, se complicaba ver la televisión de hoy con mi abuelo. En los tiempos en que Argentina se estupidizaba con el programa del salame de Tinelli (admito tristemente que nos parecía divertido verlo) era muy difícil explicarle a mi abuelo que ver a un tarado insultando en cámara era entretenido, y él no podía disimular su desprecio al verte reír con semejante atrocidad y no hacía más que mirarte a los ojos para luego rebajarte y hacerte sentir un completo idiota. Así fue que un día decidimos que lo mejor era empezar a toser desaforadamente apenas empezaban a desatarse los insultos en el programa, y él, al no alcanzar a escuchar la barbaridad de turno, preguntaba intrigadísimo - ¿qué dijo? -. Claro que para la abuela Yaya, quien amaba llevarle la contra en todo a mi abuelo, era el programa más gracioso del mundo y explotaba en carcajadas, por lo tanto también se ganaba un par de rebajadas.
Amante del diario como lo era mi Tata, siempre estaba al tanto de todo lo que ocurría. Pero llegó el día en que se topó con una palabra que le generó todo el interés del mundo para siempre, y a partir de ese momento no paró de preguntar cada vez que nos veíamos: - Pero… ¿qué es Internet? -. Y, mi vida, nunca terminó de comprender por qué todo el mundo hablaba de Internet y de sus increíbles ventajas, por más que nosotros no hacíamos más que intentar explicárselo de la forma más clara que nos saliera, y él al no entender un carajo de lo que le hablábamos, se armaba de bronca y gritaba - Pero… ¿Qué mieeeerrrda es Internet? -.
La abuela Yaya, en cambio, siempre fue muy moderna y vivía intentando demostrar que estaba muy al día, lo cual hacía únicamente para molestar a mi abuelo. Ella revoleaba el diario y sólo leía la revista “Luna” (exclusiva para adolescentes) y se encargaba de comentarnos acerca de todo lo que leía en ella, incluyendo la sección sexología, provocando un Tata horrorizado que se persignaba al oír las barbaridades que ella nos contaba.

¡Era tan divertido tenerlos cerca! Tan diferentes entre sí, resulta casi un enigma saber cómo fue que ocurrió ese matrimonio.
Ahora entenderán un poco más… Teniendo estos dos personajes de abuelos ¿cómo íbamos a salir normales?

martes, 25 de agosto de 2009

Monólogo de la jirafa



Esto es lo que me gusta de enero. Enero es largo, y ése es un punto a favor para los que tenemos la posibilidad de burlar los días de la semana haciendo de cuenta que un jueves es un sábado, y venirse al campo a hacer absolutamente nada.Y esta ya es como mi casa. Ya todo me es familiar, el ruido de la heladera que me asusta a cada rato, el grillo de mi ventana (porque ya es mi ventana) a quien bauticé Renato (no importa si cada noche es un grillo distinto; si canta en mi ventana debe cantar como el buen Renato que es) cuya sinfonía me relaja y me hace pensar en las pobres jirafas del mundo. ¿Por qué pobres? Acá las noches tienen el poder de magnificar la sensibilidad de toda persona que tiene un encuentro cercano con papel y lápiz, y si a eso le sumamos que la persona en cuestión no se puede dormir, tenemos como resultado esta mezcolanza de incertidumbres:


¿Cómo se expresan las jirafas? Son las únicas que no emiten sonidos; encima están ahí arriba y nadie las mira a los ojos para intentar al menos adivinar su estado de ánimo. ¿Y cuando la jirafa llora? ¿Quién alcanza a divisar las diminutas lágrimas de la pobre que, encima de no poder lamentarse como Dios manda, tiene la maldita mala suerte de llorar sola en las alturas? Las jirafas deberían haber sido diseñadas de manera que, al llorar, sus lágrimas salieran del tamaño de un globo; o al menos deberían poder llorar papelitos escritos con las onomatopeyas correspondientes a un llanto de jirafa.


Pero a todo esto ¿por qué llora una jirafa? No se me ocurren motivos con sentido, pero siempre se puede inventar algo por más estúpido que suene, eso es lo bueno de escribir y es también lo malo de leerme. Entonces ¿y si la jirafa llora porque un Renato de su tierra no sabe que ella llora porque llora y él no sabe? No, no vamos a enredar tanto el cuello de la imaginación porque se nos va a ahorcar la protagonista y, para colmo de males, su muerte silenciosa pasaría inadvertida y yo me quedaría sin historia y sin pretextos para seguir escribiendo.Vamos a suponer, entonces, algo más sencillo. La jirafa puede, por ejemplo, llorar de bronca, cansada de ser siempre utilizada como torre de ajedrez por los vientos de la selva que, en sus partidas endemoniadas, se disputan entre ellos los puntos cardinales de la vida… No, tampoco la pavada. Semejante jirafada no se la cree nadie, más allá de que no sea tan amplia la brecha entre un texto mentiroso por el bien de la trama y uno adornado por el bien de la coherencia de quien lo escribe.


Lo cierto es que la jirafa, en definitiva, podría llorar, y con toda razón, al saberse protagonista de un monólogo cuya estructura se reduce a un texto que tiene un contenido igual de interesante al de otro que no diga nada; una historia que bien podría haber sido contada por la mismísima jirafa en cuestión, aún en su más absoluto y perpetuo silencio.


miércoles, 19 de agosto de 2009

Qué difícil es ser yo



Las situaciones embarazosas son algo que realmente vivo a menudo. Los papelones son una constante en mi vida desde que me acuerdo, y cuando era chica realmente lo pasaba muy mal a causa de esta tendencia que tengo a hacer el ridículo en público.
Se me vienen a la mente demasiadas situaciones en las que quise ser abducida por extraterrestres que me llevaran lejos del lugar en el que se estuviera desarrollando el papelón de turno, por eso es que decidí inaugurar la etiqueta “solamente a mí” en la que pretendo compartir con el mundo cada una de estas situaciones.
El papelón que hoy elijo contar tuvo lugar en el verano de 2007/2008. Yo trabajaba en el Shopping y a veces me tocaba el horario de la tarde. Recuerdo que ese día me levanté tarde, almorcé y me senté en la pc a terminar un trabajo. Era viernes, el día que le seguía al jueves en el que en USA daban capítulo estreno de “Lost”. Afortunadamente, en el mundo hay mucha gente solidaria e inteligente que lo primero que hacía los viernes era subir a internet el capítulo estreno de Lost. Así fue que descuidé mis responsabilidades para ponerme a bajar el capítulo para verlo ese mismo día, aquel que haya sido adicto a la serie lo entenderá.
De repente, miré el reloj y vi que eran las 15:47 y yo entraba a las 16:00, entonces opté por apurarme (mi trabajo quedaba al frente de mi casa). Salí apurada pero no, ya que mi apuro suele ser sólo mental dado que detesto caminar rápido. Ahí estaba yo camino a mi trabajo cuando me pasó lo siguiente: primero debo aclarar que soy una persona flaca, vengo de una familia de flacos eternos y en mi horizonte no se asoma ni por broma la posibilidad de engordar. Es por ello que mis jeans deben estar sujetados por un cinto, ya que de lo contrario exhibo cosas que prefiero reservarme para la intimidad. Recuerdo que hacía un par de días me había comprado un cinto que se coloca por encima del pantalón, sin necesidad de pasarlo por los ojales. En resumen, el cinto es de una practicidad absoluta. Ese día lo usé, pero cometí el error de usarlo con un pantalón al que se le había salido el botón, así que lo único que separaba mis partes del resto del mundo era mi cinto nuevo.
Ya llegando a mi trabajo, atravieso la playa de estacionamiento abstraída por completo en la música que iba escuchando y, de repente, no sé cómo sucedió, tuve una sensación de ligereza que me llevó a mirar hacia abajo, y allí vi mi cinto en el suelo y mis pantalones más bajos que de costumbre, estaba muy cerca de quedar en b*las, y en una playa de estacionamiento (disculpen por lo de b*olas, soy mujer, no tengo, pero así es como lo cuento) El problema fue que no tenía manos para subirme el pantalón ni para levantar mi cinto ya que cargaba mi libro y mi cuaderno, por lo que el show de desesperación que ofrecí debe haber sido hilarante. La situación era cada vez peor y me faltaba muy poco para empezar a querer morir ahí mismo. Sin embargo, comencé a reír, pero a reír con muchas ganas por el pedazo de papelón que estaba protagonizando frente a vaya saber uno cuántas personas ¿qué más podía hacer sino reírme? Claro que además de exhibicionista me debo haber ganado además el rótulo de loca, porque fue tal el ataque de risa que me agarró que no podía volver a ponerme el cinto.
Cuando logré recuperar fuerzas, observé por un instante el panorama: mi libro, mi cuaderno, mi cartera y mi dignidad estaban en el suelo. Pude levantar los tres primeros elementos y llegar vestida a mi laburo, pero el último definitivamente sigue en aquella maldita playa de estacionamiento.


lunes, 17 de agosto de 2009

Uma - Fiel muestra de que toda mascota se parece a su dueño.



Los Zarazaga hemos tenido siempre mascotas, sobre todo perros.
Ya dicho todo lo que dije sobre lo que opina la gente de nosotros, no tiene por qué resultarles extraño que siempre hayamos tenido mascotas desquiciadas que hicieran juego con nuestra forma de ser.
Nuestro primer perro tenía complejo de pez y no toleraba no tener contacto con el agua en todo momento; luego vinieron los dos dálmatas, y Tiara, la perra, sufría embarazos psicológicos después de haber dado a luz a sus nueve cachorros; por otra parte, Ra, el perro responsable de todo este asunto, no asumía ni por broma la paternidad (ni siquiera la de los cachorros reales). Nuestra perra nos robaba los peluches, celulares, controles remoto y hasta los despertadores, confundiendo todos estos elementos con un cachorro suyo, y si el despertador o el celular sonaban... el cuadro te mataba de tristeza.
Tuve peces suicidas que decidieron saltar de la pecera al vacío, peces homicidas, peces que fingían estar muertos y peces con complejo de perro. Lo más curioso de todo este asunto es que no me gusta tener peces, pero la gente continúa regalándomelos.
¿Mencioné que tuvimos una tortuga de tierra que decidió ser de agua y optar por vivir en la pileta, hasta que un día desapareció por el tapón?
En fin, lo de los conejos no voy a contarlo porque su muerte fue mi culpa y todavía me destruye recordarlo. Pero no quería dejar de contar que tuvimos conejos, y no eran normales.
Actualmente tenemos dos perras, Mora (pastor belga) y Uma (ovejero alemán). Esta última tiene complejo de ave, y los primeros años practicó deportes extremos saltando continuamente desde el techo hacia la nada (aunque muchas veces apuntaba hacia la nada del vecino). Este personaje actúa de modo tal que muchas veces nos genera preguntas al tipo “Ah, ¿y eso es normal?”
Antes de llegar a la conclusión de que Uma tiene alma de deportista, nosotros creíamos que sus saltos eran claros intentos de suicidio,
lo cual nos parecía hasta entendible, ya que a la pobre le tocó ser mascota de mi familia y al principio debe haber pensado que no podía manejar semejante destino. Un día, al poco tiempo de tenerla y siendo ella todavía cachorra, se lanzó desde el techo de casa al vacío. La primera vez que lo hizo nos quedamos anonadados, era imposible que una perra cachorra cayera desde tan alto y no se hiciera absolutamente nada; estábamos muy contentos convencidos de que era un milagro. (Por su parte, Uma debe haber pensado “¡Pero carajo! ¿En qué fallé? ¿Por qué sigo acá con estos locos?”). Pasó un tiempo desde el incidente, cuando de repente lo intentó de nuevo, pero esta vez desde otro ángulo. Falló otra vez, y nosotros decidimos pensar que teníamos un gato en lugar de una perra. El siguiente intento que hizo fue el de mudarse, ya que no sólo se tiró del techo sino que además fue a parar a la casa del vecino del lado de casa. Fue sumamente incómodo explicarles a mis vecinos por qué nuestra perra estaba en su jardín. No obstante, nos la devolvieron con gusto y nos miraron con cara de “sí, sí… todo bien, locos”.
Al cabo de un par de días, Uma desistió de la idea del suicidio desde el techo, cuando vió la oportunidad de su vida: mi mamá la ató a la reja de afuera (no recuerdo bien por qué hizo eso mi madre, pero intuyo que era algún tipo de castigo), la dejamos sola mientras nosotros quedamos adentro almorzando, cuando de repente mi mamá escucha que Uma se quejaba, entonces salió y la vió que estaba patas arriba, nuevamente en la casa de los vecinos (definitivamente sentía aprecio por ellos) ahorcándose y perdiendo sangre por su boca. Esto fue realmente feo y desesperante, mi mamá gritaba y Uma estaba casi inconciente. En fin, minutos después, luego del operativo “frustremos otro suicidio”, la teníamos sana y salva en casa de nuevo. Desde ese día, Uma entendió que cada vez que intente deshacerse de nosotros, ahí vamos a estar para arruinarle los planes, y comprendió que no le queda otra que lidiar con esto de convivir con nosotros, y puso todo su esfuerzo en acostumbrarse, tanto que ahora es una loca más en la casa.
“Pasen y vean, pasen y vean” tendría que decir un tipo en la puerta de casa, como auspiciando un circo.






domingo, 16 de agosto de 2009

La Aldea

Quiero compartir con ustedes la historia que hay detrás de esas dos palabras de arriba.
Todo comenzó a mediados del año 2003, pero primero déjenme ambientarlos.
Hasta ese entonces, mi familia y yo vivíamos en una casa que con el tiempo pasó a llamarse “La casa del pueblo”, y pasamos 8 años viviendo una aventura allí: al poco tiempo de mudarnos, la casa se convirtió en el clásico “hogar dulce hogar”, es decir, a medida que pasaban los meses la vivienda comenzaba a ponerse cada vez más quisquillosa y todo se rompía. Por ejemplo: la puerta del patio de un día para el otro dejó de cerrar; nos inquietó un poco eso de dormir con una puerta que no cerraba pero pensamos “bueno, acá no pasa nada, total el portón de afuera tiene llave y candado”. Al decir esto directamente invocamos al mal y la cerradura del portón de afuera también se rompió, por lo tanto, lo que nos protegía de cualquier tipo de siniestro era un simple e insignificante candado. Por otra parte, de las ventanas de toda la casa, ninguna tenía rejas. Las que daban a la calle eran la del living y la del dormitorio de mis hermanos, esta última se convertía en puerta si uno llegaba ebrio y no localizaba las llaves que, desde el día en que nos mudamos, las dejamos en una macetita del garaje (sí, la mismísima llave del insignificante candado estaba en una macetita de porquería a disposición de medio mundo, pegadita al portón que no cerraba) Claro que si el estado de ebriedad era alto, obviábamos la travesía de buscar las llaves en la maceta y directamente levantábamos la persiana del dormitorio de mis hermanos y entrábamos como si nada. Por suerte nunca nadie, bueno… nadie ajeno a nuestra familia y/o amigos y /o conocidos de amigos intentó copiar nuestra inconciente forma de ingresar a casa. Claro que lo de las llaves en la maceta ya no era un secreto para nadie; guardo en mi memoria una noche en la que a las 5 de la mañana yo estaba con unas amigas en la cocina y vi entrar a mi casa a un amigo de mi hermano Matías; pero lo loco fue que este amigo estaba solo y… había entrado solo y… venía a estar solo! Había salido con mi hermano esa noche pero él se volvió antes y buscó las llaves en la macetita y entró. Se darán ahora una idea de por qué mi casa fue bautizada como “La Casa Del Pueblo”. Estamos convencidos de que nunca nos robaron en esa casa porque resultaba imposible saber cuántas personas vivían en ella, ya que el tráfico de gente no cesaba en ningún momento del día, y nadie, absolutamente nadie tocaba el timbre.
Además de las cerraduras, comenzaron a romperse otras cosas fundamentales en el hogar de toda persona, como por ejemplo el calefón, las cañerías, en los últimos meses la membrana del techo dejó de cumplir su rol y a veces se goteaba el living; y para darles una idea, si alguien quería cocinar algo al horno, la puerta de éste debía ser trabada con un tenedor ya que de otro modo quedaba abierta y aquello complicaba la cocción de los alimentos.
Igual, no quiero dejar de mencionar acá que, más allá de que en esa casa no funcionaba nada, lo que sí funcionó y de verdad fue la familia, gracias al sentido del humor que nos inculcaron mis papás desde chiquitos; hoy y siempre recordamos esos años como los más divertidos de nuestras vidas.
Luego de 8 años de observar que todo se rompía, un día estábamos todos en el living y, para sorpresa y no tan sorpresa nuestra, empezaron a nevar pedacitos de techo sobre nuestras cabezas. Concluimos que había llegado el momento de mudarse.
Vuelvo entonces al mes de Abril del año 2003 que fue cuando empezamos a buscar dónde mudarnos. Y apareció una casa situada a 3 cuadras del cartelito que dice “Bienvenidos a Saldán”. Al principio era toda una euforia familiar porque la casa era muy linda, la pileta estaba genial, y contábamos con una vista privilegiada a las montañas. Al unísono decidimos que ese iba a ser nuestro nuevo hogar. Primer error.
La mudanza finalizó en mayo del mismo año. Los primeros días todo era alegría… a menudo se escuchaba “qué divino este barrio ¡es tan tranquilo!” o “ay mirá los pajaritos como acá se los oye mejor” o “ayyyy qué lindo no escuchar autos todo el tiempo”… “qué amoroso esto de que te despierten los gallitos, son tan tiernos”…etc. A los pocos días de habernos instalado, solicitamos a Telecom la línea telefónica, y aprovechamos para pedir también el servicio de Internet, ya que mis hermanos lo utilizaban para trabajar. La primera decepción que nos llevamos en la casa, fue que era imposible tener teléfono porque el servicio no llegaba aún a la zona y, por ende, ni hablar de adquirir Internet. Esto resultó ser un problema bastante molesto, más que nada para mis hermanos, quienes tenían que trasladar su trabajo hasta el ciber más cercano, que por supuesto en el barrio nada quedaba a mano… y menos aquello que denotara tecnología (de ahí que a la casa le decimos “La Aldea”). Resultaba también fastidioso no poder comunicarse con la gente amiga por culpa de la incompetencia de Telecom, por lo que era muy complicado organizar de antemano cualquier tipo de reunión con amigos, más aún teniendo en cuenta que todos ellos vivían en la civilización, y aquello quedaba demasiado lejos de nuestra granja. Sin embargo, una luz de esperanza, totalmente artificial, se encendió como promesa de sobrevivir a ello gracias a un invento de una compañía telefónica, cuyo resultado final resultó ser una burla más. La maravilla consistía en un teléfono celular, pero éste, en absoluta teoría, funcionaba como fijo. Nada más lejos de la realidad. El teléfono, según el detalle en la factura que llegaba fielmente cada mes, era más celular que otra cosa, lo cual nos llevó a la segunda decepción de la estadía en esta casa que nos alejaba más y más del progreso.
La tercera decepción tiene que ver con que en junio se avecinaba el invierno, y la casa tenía un increíble hogar a leña en el living, por lo que la idea del frío tenía su parte linda ya que íbamos a poder disfrutar del calorcito del hogar. Segundo error. Llegó el maldito helado invierno y el bendito hogarcito a leña tenía un pequeño desperfecto: el humo en lugar de salir por la chimenea, salía por la boca del hogar, por lo tanto la casa se llenaba de humo y, ocurrente ironía la del hogar, teníamos que empezar a abrir todas las ventanas para que entrara aire puro de manera que pudiéramos respirar tranquilos; aire helado, pero puro al fin. Tercos como somos los Zarazaga, intentamos encender el hogar muchas veces más con la ingenuidad de creer poder hacer que el humo del carajo saliera por la chimenea como suele pasar con el resto de los hogares a leña del mundo, pero no, obvio que no. Les resumo: en el año y medio que vivimos ahí, no pudimos disfrutar ni una sola vez del maldito calor del pintoresco hogarcito del living. El frío cada vez era peor, “veíamos gente muerta por toda la casa” al estilo sexto sentido. Rendidos ante la inutilidad del hogar, pero decididos a hacerle frente al frío de La Aldea, finalmente adquirimos una salamandra, la que después pasaría a ser (si se me permite) la puta salamandra, ya que se apagaba constantemente. Resumo: nos cagamos de frío todo el invierno. Desde ahí las cosas empezaron a cambiar, los comentarios ya eran otros: “¡¡¡esta aldea del carajo me tiene podrido!!!” o “¡¡¡¡cállense ya pájaros de porquería!!!!” o “¡¡¡ por favor que pase un auto en vez de un caballo!!!”, “¡¡¡voy a asesinar a ese gallo madrugador del orto!!!” etc. La granja nos había secado el cerebro, era demasiada paz, demasiadas vacas y burros y gente pasando a caballo. Era simplemente demasiado, sin teléfono, sin Internet, ningún ciber a menos de dos pueblos, no había forma...y así fue que vivimos en esa casa un año y medio. Marche otra mudanza, la número 12 en nuestras vidas.
En fin, cuando dejamos la casa fuimos felices otra vez. En el nuevo barrio la cantidad de pájaros era normal, los autos circulaban por las calles, no había gallos en la cuadra… la serie de viviendas complicadas había llegado a su fin, y así pudimos volver a la “normalidad”, dentro de lo que el apellido lo permite.

sábado, 15 de agosto de 2009

Soy Zarazaga - Parte 4 (Final)

Y es que claro, en teoría, y según lo que “ellos dicen”, ninguno de nosotros está bien. Igual creo que ni falta hace aclarar que somos totalmente inofensivos. Marce ya no trabaja de azafata, así que esa locura cumplió su ciclo; la locura de Mamá Popita es una locura muy sana y hasta ingenua, lo único que se debe evitar es pedirle que recomiende una película, ya que, supongamos que mi mamá un día vio “La joya de la familia” y le encantó, cuando vos le preguntes qué película vio, ella te va a responder “ah, no sabés, me alquilé esa de la piedra preciosa familiar! No, pará… esa del anillo familiero! Mmm no, tampoco, pará, dame un minuto…” y ahí es cuando se escucha que alguien grita el verdadero nombre de la película. Es increíble el don y la imaginación que tiene mi mamá para confundir este tipo de cosas, ¡ni hablar cuando llegas al video club y le pedís al hombre del mostrador una película que no existe!
La locura de Papá Gustavo es de naturaleza torpe. Aquél que pase tan sólo una hora con él, tendrá acceso a la cantidad de torpezas que suele protagonizar; recuerden: tan sólo 60 minutos bastan para que lo comprueben ustedes mismos. El escenario puede ser tanto al aire libre como en un lugar cerrado. Puede llegar a ocurrir mientras se sirve un vaso de gaseosa/taza de café y vuelca la mitad del líquido fuera del mismo, que bien puede ser arriba de un mantel inmaculadamente blanco; también puede llegar a tratarse de un traslado de bidón con lavandina, cuyo destino final suele ser el pantalón que él tenga puesto en el momento del traslado (que por lo general, está recién lavado/comprado); puede ser una simple bajada de persiana, lo cual hace con una vehemencia tan sobrenatural que muchas veces lo llevó a quedarse con los metros y metros de correa en las manos y una persiana menos en la casa. En fin, una hora con Papá Gustavo puede llegar a sorprenderles… y mucho.
Y bueno, sí, puede ser que a los ojos de los demás parezcamos unos locos de atar… y el asunto es que es muy probable que lo seamos, y de ser así, lo seríamos con orgullo.